Dejarse pensar: reflexiones sobre la crítica



Por Benjamín Carrasco Bravo - 2026 






Hace no mucho he escuchado a Amador Fernández-Savater decir que el arte es una forma no sólo de pensar el crear, sino también una forma de: “dejarse pensar”. La frase por sí misma posee una sugerente y atractiva ambigüedad y habría que detenerse, por lo mismo, un poco en ella.





La primera impresión que se nos viene a la mente con “dejarse pensar” es el ‘permitirse pensar’ o ‘permitírselo’ en absoluto, es decir, abrirle la puerta al pensamiento a través de la creación; cosa que habitualmente no realizamos del todo —no al menos de forma activa y voluntariosa o bien desinteresada por encontrar lo nuevo que el pensar nos dispone. Pues es cierto, no nos permitimos pensar y qué triste espectáculo lo parece. Nos detenemos en cuanto comprobamos nuestros sesgos, en cuanto hallamos cierta conformidad, o asustadizos cejamos el paso en tanto pensar signifique contravenir nuestras creencias e inclinaciones más secretas. En ese sentido, “dejarse pensar”, con el pronombre “se” reflexivo, es aceptar que el pensamiento tiene rienda suelta hasta que el coto del prejuicio se lo permite. Luego viene el terreno desconocido y tal vez poco prometedor —¿por qué no?—  del conocimiento.


El segundo sentido inscrito en el “dejarse pensar” que se desprende de lo dicho por Fernández-Savater es el relativo a los otros, que es quizás el sentido original que le atribuía al momento de esgrimir esta frase de manera tan casual:


“dejarse pensar” en el ámbito de la creación es el permitir ser pensado por los otros.



La creación por las artes, por sí misma, nos expone y nos permite ser cuestionados, interpretados. Permite que se dirima sobre el destino de nuestras creaciones con nosotros a cuestas, como lo hace un libro, una idea, la piedra que hemos venido a llamar escultura o el jardín al que le hemos dado su determinado orden geométrico.


“Dejarse pensar” es ser atravesados por la mirada escrutadora y enriquecernos con la imagen nueva que aparece de nosotros mismos. En lo público —aquí el ejercicio de la crítica toma un papel protagónico— participamos continuamente de estos ires y venires del pensamiento. La obra que se ofrece así a los demás es por lo menos un tributo a esta suprema condición del quehacer humano. El que hace obras ha de tener esto siempre en cuenta y quien no lo vea o es un incauto o bien espera solamente adulaciones o confirmaciones de su ego —lo que es una visión bastante parcelada del uso de la razón—.


Carla Cordua lo ha resumido de una manera ejemplar en una columna titulada “Repensar”, recopilada en Descifrando la ocasión. El éxito de una buena lectura del mundo, como sus instituciones humanas o costumbres, entre las que menciona, consiste en dar con el “pensamiento escondido” tras él, inquirir lo indescifrable y reconstruir sus sentidos: “Solo el espíritu que indaga insistentemente recuperará la hora de su nacimiento y las razones, los fines, los anhelos ligados a su invención”. Así, Cordua liga pensamiento y crítica, como una forma de medir las intenciones y sus posibilidades. Ambos, como una herramienta del intelecto, destapan el propio pensamiento de las obras, aún entre las mismas personas: “Somos seres tatuados, aptos para ser leídos por quienes se interesen en nosotros”. Y concluye Cordua: “Es la esencia de la crítica el repensar las cosas para embarcarlas en sus posibilidades de mudanza. Aunque es difícil, hay que tratar de distinguir la crítica del que repiensa para mejorar, de la maledicencia gratuita, que no tiene otro propósito sino empequeñecer para lucirse en grande por comparación”.


Por lo mismo, causa conmoción cuando alguien publicando una obra, como una novela, es protegido por su séquito más inmediato de los “inquisidores de la crítica”. ¿Por qué alguien daría obra al mundo si no permitiera pensar, cuestionar, debatir en torno a ella? ¿Qué caprichoso egoísmo la vertiría a lo público y le arrebataría en el acto el fruto de su boca? En nuestra época, de tan poco pudor, se tiene esta aversión contradictoria. Qué noción tan vaga y vanidosa de lo que es capaz el arte y de lo que somos capaces de hacer con él. Si hay quienes se blindan así de la crítica, ¿qué podemos sacar a cambio? ¿Vale la pena siquiera leerles si han rehusado por sí mismos “dejarse pensar”?




Benjamín Carrasco Bravo (Chile, 1997)


Ha colaborado con reseñas, ensayos y notas en Latin American Literature Today, Papel Literario (El Nacional), La antorcha magacín, entre otros. Ha publicado el libro de prosa miscelánea La palabra ciega (2025).


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