La memoria colectiva de un padre en Siembra de cristal, de Consuelo Ferrer Durán
Por Sofía Troncoso - 2026

Siembra de cristal, el primer libro de Consuelo Ferrer Durán, es un testimonio a la vida de su padre Vicente Ferrer. Pero, también es una “crónica” que oculta más: familia, comunidad, trabajo, duelo y sorpresivamente, la historia de la empresa Iansa.
Editado preciosamente por Ediciones Overol, este libro es un mundo en sí mismo. Al leer, entramos a un territorio familiar: la marca del azúcar que muchos chilenos han tenido en sus mesas, el arquetipo de padre que más de alguno ha visto, o tenido la suerte de vivir, pero también la muerte que nos plaga a todos. Nos preguntamos el verdadero eje del libro cuándo damos vuelta las páginas. ¿Es este texto sobre un padre fallecido? ¿Es sobre un padre en vida? ¿Es sobre una fábrica azucarera?
Esta obra recupera la memoria de ese padre, trabajador de la Industria Azucarera Nacional (IANSA), Don Vicente Ferrer, padre de la narradora. Al menos eso dice su descripción. El texto está armado por testimonios, lugares transformados, conversaciones con personas cuyas familias también crecieron en torno al azúcar, recopilación de fotografías y recuerdos compartidos. Se nota bastante bien la formación periodística de la autora, al escribir esta “crónica disfrazada”. Y se nota el cariño transversal al texto, por sobre todas las cosas.
Digo “crónica disfrazada” porque este testimonio es algo más que una crónica: un diario de vida, tal vez, una biografía, una autobiografía, un género exclusivamente creado para el padre. Este relato se arma en torno a él, a esa figura magnánima que trasciende.
Consuelo hace maravillas con esta historia porque conoce el poder del legado. Conoce perfectamente a su padre, a la fábrica en el centro–sur de Chile que visitó tantas veces de niña, a la siembra del cristal —término que usa el padre en la narración para parte del proceso azucarero—, tan dulce como sagrada, que él le explica con naturalidad. Este proceso es importante, no solo para su familia, sino también para los miles de trabajadores de la empresa.
Las historias del azúcar y las historias familiares se entrelazan fuertemente, como si la autora quisiera que supiéramos que su padre no solo fue su padre, sino que fue un «padre colectivo» para más niños y niñas, un excelente trabajador, ese que conocía a cada persona que trabajaba con él, un verdadero ser humano que dejó una marca en la historia industrial de Chile.

Planta de Iansa en llanquihue, 1965.
Biblioteca Nacional de Chile.
La autora tensiona elevarlo como una figura celestial y, a la vez, como un hombre con virtudes y defectos. Lo que sí queda claro es que él no es un pasado inerte, sino más bien es alguien que vive, vive bien, vive querido, vive mucho, en su propia existencia y en los recuerdos de otros, en la fábrica y en la casa, en lo que pasa después de la muerte.
Un legado construido de forma colectiva

Planta de Iansa en Curicó, 1974. Trabajadores y maquinaria para cultivo.
Biblioteca Nacional de Chile.
Hay algo aquí, en esta crónica no-crónica, que nos enternece y nos instruye. La autora toma el legado de su padre y lo construye como un legado colectivo, como el de todos los trabajadores de la industria azucarera en Chile.
Este relato nos enseña qué hay detrás de los cubos de azúcar que le echamos a ese té cargado —Chile es de los mayores consumidores de té en el mundo—: seres humanos, decisiones, asados, torneos de pesca, sindicalización, huelga y más. Sí, este libro es un homenaje a Don Vicente Ferrer, pero también es un homenaje a esa clase trabajadora de la que formó parte, y que con su resiliencia dieron paso a urbanizaciones enteras, a vecinos y colegas unidos, a educación, oportunidades de vida, a sostener familias mediante algo tan cotidiano como el azúcar. Consuelo Ferrer Durán nos hace revalorar, como lectores, este trabajo inmenso.
Es curioso que este libro toque el tema del duelo, porque lo que más pude vislumbrar al leerlo es algo muy contrario: la vida. Hay tanto de esta en la historia, hay tanta luz, hay tanto dulzor, que llega a pasar desapercibido el dolor que sigue ahí hasta el día de hoy. Vicente Ferrer, sin duda, adoraría este homenaje. Se daría cuenta, si viviese hoy, que el cariño que dio se le devuelve con creces, no solamente por sus colegas, vecinos y familia, sino también por su hija, su más grande tesoro, quien se preocupa de contar esta historia antes de que quienes la conocen también se vayan. Veo aquí que la vida del padre es un eje que construye la vida de las demás personas. Sin él, no habría la misma historia familiar, ni mucho menos la industrial.
En este libro, Consuelo Ferrer rescata la memoria de miles de personas que trabajaron junto a su padre, pero, también, rescata la memoria de su propia vida, marcada por el duelo de perder a un padre y el dulzor de haberlo tenido.

Sofía Troncoso (Santiago, 1997)
Escritora. Creció en la ciudad de Antofagasta. Licenciada en Artes y Humanidades en la Pontificia Universidad Católica de Chile y Máster de Escritura Creativa en la Universidad Adolfo Ibáñez. En 2022 fue reconocida con el premio Roberto Bolaño por su novela Funerales (2023) publicada por Trazos de Aves. En 2025 fue finalista de la segunda edición del concurso de crónicas inéditas en español Nuevas Plumas Chile con su crónica Ver el barco partir.
