Voces del litoral y una voz propia en Una casa sola de Selva Almada 


Por Mariana Concolino - 2026




¿Cómo se narran los vacíos: la ausencia, la derrota, la pérdida, la muerte? ¿Cómo se narran las guerras y sus consecuencias? ¿Cómo, los lazos rotos? ¿Y el abuso de poder? Algo de todo esto se aborda en el último libro de Selva Almada, Una casa sola (Random House).



La comunión de dos narradores cuenta esta historia. Dos voces privilegiadas, atravesadas por el paso del tiempo: la voz de una casa y una voz omnisciente. La una da cuenta de los orígenes de la casa y de la vida en ella. La otra, de los espíritus que habitan el espinal y que circundan la morada. Una voz se ocupa de la vida; la otra, de los muertos.

La vivienda (nacida de la nada -apenas un reparo en medio del monte-, convertida en hogar más tarde y vuelta tapera hacia el final del relato) es una vieja casa de puesteros del litoral argentino, refugio durante más de un siglo de historia, testigo involuntario de la vida humana y silvestre que se desarrollan a su alrededor. La casa habitada por los vivos es visitada por los muertos: gauchos matreros, un soldado sobreviviente de Malvinas, una dama extranjera, niños enfermos de escarlatina son los espíritus que habitan el espinal y que se interesan por la vida allí, motivados principalmente por la curiosidad que les provoca la familia que la habitó y que les hace añorar la propia vida pasada. Los Lucero son la familia de trabajadores rurales que en el siglo XX habitó la casa y la convirtió en hogar. La desaparición inexplicable y repentina de sus miembros ciñe el relato.


La obra



Una casa se despierta una mañana y cuenta. Conserva la memoria de sus orígenes y de la vida transcurrida en su interior en ese trozo de tierra ganado al monte. Una casa que ha mutado de formas y cambiado de habitantes, conserva los objetos, los olores y el recuerdo de las voces de los últimos moradores: Damián Lucero, su compañera Lorena y sus cuatro hijos son los habitantes que ella más quiso y a quienes ella aún espera. Mientras tanto, vuelve a cambiar: ahora, abandonada y descuidada (hediendo a madriguera, con “los mosaicos del piso en partes levantados, rotos por los hormigueros, yuyos brotando por las paredes”), son los animales domésticos que no se murieron ni se fueron y la fauna silvestre que habita el monte quienes la ocupan y la acompañan. Desde esta nueva versión de sí, desde esta nueva soledad, la casa evoca y narra. Así, la familia que está desaparecida desde un tiempo que la casa no puede precisar regresa a través de su recuerdo convertido en relato.

El comienzo de la historia da cuenta de un declive en la vida de la estancia. Por un lado, la herrumbre en la que el galpón, el tanque australiano, el molino y los silos se han convertido da cuenta de un esplendor económico que ha quedado en el pasado. Por otra parte, el patrón y su esposa han muerto y la familia Lucero no está: todo lo que era ritmo, ruidos, voces, roces, carcajadas se han ido del terreno.

En medio de toda esa desolación, la madre de Lorena, la Tata, llega a la casa buscando indicios de su hija, tratando de entender qué pasó: todo en la casa ha quedado en pausa (“los juguetes de los hijos desparramados en la galería, ropa tendida en el alambre, las botas de él, sucias de barro, atrás de mi puerta”) y ella no acepta la versión del patrón de que la familia huyó jodiéndolo a él.



Muy pronto resuena en la figura de esta madre la de las Madres de Plaza de Mayo, la de las Madres de Víctimas de trata, por el tipo de búsqueda incierta, inclaudicable y solitaria: toda una familia desaparecida y solo una persona buscando de verdad.




Hay una investigación abierta pero la intervención de la policía es más una pantomima que una labor verdadera y todo se vuelve desconcierto, tristeza, y desconfianza.
Fotografía: Alejandra López



En este trabajo, aparecen algunos de los motivos que atraviesan la literatura de Almada: una vida rural sórdida, la austeridad y soledad de los márgenes provincianos, la violencia de los varones, la búsqueda de las mujeres de una vida más justa.




Con la estética tan personal de una prosa situada, configurada a partir de imágenes visuales simples porque la experiencia humana es considerada con naturalidad y la vida silvestre captada con gran sensibilidad, y a partir de un lenguaje coloquial que hace uso de un vocabulario regional, Almada cuenta esta historia que es a la vez un misterio, un drama, un cuento fantástico. Como si se tratara de un cadáver exquisito, hecho de partes inconexas, de forma análoga aborda el asesinato de Urquiza, las guerras intestinas, la pasión de un romance furtivo y de sus terribles consecuencias, el trabajo de los campesinos, los cambios tecnológicos y, por lo tanto, económicos y sociales y sus efectos dramáticos para ellos, la Guerra de Malvinas. Y, en medio, la naturaleza obcecada recorriendo los intersticios de la casa. Y la casa.



Almada ha hablado de su preocupación respecto a la cantidad de personas que desaparecen en democracia en este país, la cantidad de personas cuya ausencia ni siquiera llega a los medios como debiera, y que esta realidad estuvo en la motivación inicial de esta historia.




Abuelas de Plaza de Mayo marchando, El País.


También del proceso de búsqueda de la voz narrativa: contó que le interesaba explorar qué sucedía desde la perspectiva de las cosas que esas personas dejan, y que el desafío de construir la voz de la casa fue algo que luego se volvió orgánico (Quid, abril 2026). Por otra parte, están las voces de los muertos: estos “rotos y desharrapados” que viven en el espinal como en un limbo, en una mezcla de tiempos y cosmovisiones que, sin embargo, no les impide convivir armoniosamente (Infobae, marzo 2026). Estos muertos constituyen una suerte de coro fantasmal que cuenta otras historias. Esta combinatoria de narrativas, de tiempos y de historias produce fascinación y amargura al mismo tiempo, por todo lo que tiene de actual pero también de atemporal la condensación de temas vislumbrados en esa combinación: la soledad, la codicia, la tristeza, las crisis, las violencias, lo silenciado, las culpas. De esta manera, con mucha destreza y sensibilidad, en líneas claras y bellas, Almada expone en este texto, otros textos.

Por último, hacia el final de la novela se da el borramiento de otro paradero, el de la casa: “las campanillas azules, la cabellera del diablo, las trompetas de San Juan, echaron sus redes sobre techo y paredes, atrapándome entre sus lazos y sus flores. Vista desde arriba, ya nadie podría distinguirme”. La flora del espinal cubre la casa en un abrazo y la invisibiliza, volviéndola irreconocible -“así tapada”- incluso para su querida familia Lucero, si acaso volviera.

Y en ese proceso, una nueva transformación: la casa volviéndose monte otra vez. La naturaleza como fagocitando el relato; como si fuera posible, en un proceso recursivo, eliminar la historia -el componente humano- de ese trozo de tierra. El monte volviendo al monte.



Mariana Concolino


Docente argentina e investigadora de literatura argentina y latinoamericana. Publicó el artículo “Cotilleo y vanidad: maneras posibles de vislumbrar la idea de muerte en Los dos retratos de Norah Lange” en Rassegna iberistica. Es mamá de dos niñas hermosas e insumisas.






Revista Larus
LTRGO®