Switch fácil
Un cuerpo propio de Eva Van Kreimmer 



Por Diego Leiva Quilabrán - 2026




Son muchas y diversas las obras que juegan a representar procesos mentales como la memoria o la construcción de la identidad. Dos ejemplos más o menos conocidos, según gustos: la segunda temporada de Psychopass, con un antagonista con identidad plural que puede librarse del análisis de Sybil, el sistema que analiza en tiempo real el potencial criminal de un cerebro humano; y Memento, cuya historia en retroceso y fragmentada refleja la amnesia del protagonista.






Un cuerpo propio (Inti, 2026) de Eva Van Kreimmer podría perfectamente insertarse en ese grupo de obras, aunque con menos suerte en su resultado. Su premisa, con el tono propio de una promoción editorial, se presenta en la contraportada: el protagonista (Pierce) que padece identidades múltiples, en un período crítico de su vida, se enfrenta a la posibilidad de separarse de ellas mediante su participación en algo llamado Proyecto Futuro. Esto es quizá lo más llamativo del texto: se anima a tratar un asunto complejo, psicológico y filosófico a la vez, como la convivencia de voces y perspectivas en un mismo cuerpo.

Para representar esta convivencia, en la novela se opta por un recurso que no es extraño, por ejemplo, para quienes somos asiduos al animé: un mundo y diálogos interiores referidos con frecuencia en términos espaciales (las personalidades asociadas a habitaciones de un edificio, las ideas de voces que están lejanas o cercanas, la posibilidad de que las personalidades se cierren o desaparezcan).



Lamentablemente, a través de este recurso ya se advierte uno de los principales problemas de la novela: la conveniencia en la disposición de los hechos y personalidades que no siguen una vida propia, sino que se limitan a acomodarse y ser serviles ante un avance esquemático de la trama.



En momentos iniciales, se dice que entre las personalidades no se comparten recuerdos, aunque a veces pareciera que sí y casi siempre están dialogando internamente de forma razonada, consciente y ordenada. Lo que pasa en la trama depende exclusivamente del momento, incluso si esto implica contradicciones, como si el razonamiento narrativo se limitara a “necesito X para que pueda ocurrir Y”.

En un principio, también, se dice que es imposible controlar o forzar un switch entre personalidades; luego, casi al final del relato y a través del pensamiento de un psiquiatra, el lector se entera de que los switches son gatillados por momentos de estrés o falta de capacidad de respuesta de quien esté “al mando” en determinada instancia. Sin embargo, para esa altura la narración ya ha mostrado y dejado pasar un par de situaciones con esas características sin que gatillen ningún cambio.

Una de ellas incluso es el motor de la trama: la álgida discusión con Linda, pareja del protagonista, que termina con la relación entre ambos. Ningún switch genera un roce o problema significativo con lo que atraviesa el protagonista, todo aparece como manejable o no dependiendo de si debe serlo para que la trama avance a costa de que la cadena de sucesos sea forzosa e inverosímil. En vez de seguir una lógica propia que deje al personaje y la situación ante su caos y conflicto mental, lo que prima es una sucesión de pies forzados y choques entre el narrador y lo que presenta supuestamente como un desorden. Para quien narra, todo transcurre sin muestras claras de extrañamiento o desajuste.

Algo parecido ocurre con la historia clínica de Pierce, es decir, lo referente a su trastorno de identidad disociativa (TID), pues tampoco es consistente. La historia transcurre en una sociedad en que la terapia psicológica es obligatoria, y se comenta que la estabilidad del protagonista le costó años de trabajo. Así, el rápido colapso del protagonista se vuelve inverosímil. A esto se suma otro dato: en momentos iniciales del TID, durante la infancia de Pierce, su madre muere y él se queda con su padre. De este último se sugiere una imagen tiránica, pero apenas es desarrollado como alguien apático y estricto. En esa construcción, todo está a medio construir.



Puede que el problema no repose solo, ni siquiera principalmente, en la falta de desarrollo, pues de sobra el lector va entendiendo que si algo desea el narrador es explicar y sobrexplicar. Quizá se trate de que los momentos en que estos elementos se presentan no adquieren ningún peso ni dramatismo más que el afortunadamente preciso y circunstancial para que el protagonista piense o diga algo necesario.





La narración se queda en párrafos explicativos que dicen más bien poco sobre lo que se espera ver. Los quiebres temporales o “ausencias” de la personalidad anfitriona son explicados apenas ocurren, aplanando cualquier efecto que podrían producir: ¿las ausencias deberían ser angustiantes?, ¿o trágicas?, ¿hay algo de comedia negra en amanecer con el cuerpo dolorido por una pelea en que se metió la personalidad más impulsiva del grupo?

El narrador mantiene una distancia segura y evita comprometerse con las formas de las distintas personalidades y los pocos personajes secundarios. No cambia de tono, ni de voz según quién esté al mando. Todos los cambios se anuncian antes o se explican rápidamente. Una deficiente edición y corrección agrava esta falta: se han dejado pasar comas de más, oraciones excesivamente largas y anticlimáticas, indiferenciaciones de estilo entre personalidades y personajes, palabras o expresiones fuera de lugar o diálogos artificiales, etc.



En el fondo, el problema es este: si la voz que narra no se ve afectada por aquello que está contando, todo aparece como un recuadro ordenado, sin profundidad ni desarrollo, y que solo es funcional al punto al que se quiere llegar. El gran potencial de esta novela era su premisa y llegada la mitad de la novela, ya se instala la sensación de que ha sido desperdiciada.



¿Y hacia dónde va el desarrollo tan esquemático, lineal y poco curioso con lo que está representando? A un final que, aunque se podría fundamentar como cierta justicia poética, al menos para la personalidad que está a cargo en ese momento, se apoya en una escena cliché: Rey, el único niño de todos los alters que posee Pierce, toma el control debido a la presencia de un juguete antes que por un gatillo de estrés. La liviandad de la escena final, sostenida en un personaje que según la propia novela ya ha perdido toda motivación y vive un día a la vez, resta fuerza a la caída final y al breve epílogo.

Vale la pena mencionar un punto interesante de Un cuerpo propio, aunque, irónicamente, no es algo que le sea propio. Esta novela breve participa de un tipo de ciencia ficción escrita en Latinoamérica que pareciera no estar interesada en explicar el hecho tecnológico, sino que se centra en la experiencia que se tiene con los objetos científico-tecnológicos. Pierce nunca entiende de qué trata el Proyecto Futuro ni las consecuencias que ha tenido en él a nivel cerebral; ni siquiera los personajes capacitados para comprenderlo y explicarlo parecen querer o necesitar hacerlo. Hay algo que la narración no puede verbalizar, por alguna razón, sobre el hecho tecnológico, evadiendo la explicación incluso cuando se presentan las oportunidades para darla. Este punto no es en sí mismo un problema ni una virtud, sino un rasgo que despierta una pregunta incluso en una novela que malgasta su premisa.




Diego Leiva Quilabrán (Santiago, 1995).

Crítico literario. Licenciado en Literatura Hispánica y Magíster en Estudios Culturales. Ha publicado reseñas, críticas y ficción en diversas revistas digitales.




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