Corónica: la poesía como mordida
Por Javiera Paredes - 2026

Corónica, de Kütral Vargas Huaiquimilla, es un poemario de terror, fantasía oscura y memoria queer-mapuche donde la poesía se vuelve cuerpo, herida, fiesta y transformación. Publicado por Imaginistas, el libro construye una voz intensa y rara, atravesada por la sangre, la noche, la lengua interrumpida, el deseo y la posibilidad de inventar nuevas formas de familia en la oscuridad.
Corónica nos entra con la boca manchada, escuchando la tierra, olfateando la sangre fresca y cantando Donna Summer frente al mar. Desde su apertura, escrita como una escena cinematográfica, el libro instala una poética híbrida, visual y corporal, donde el poema es letra pero también aparece, se mueve, respira, caza y baila.
Kütral Vargas Huaiquimilla por Fabiola Pontigo. «EXT. BOSQUE, SELVA VALDIVIANA. NOCHE».
La primera potencia de Corónica está en su imaginación material. Todo aquí tiene temperatura, humedad, textura, olor. La sangre, con toda la potencia de su símbolo, aquí también es alimento, herencia, deseo, enfermedad, linaje, territorio, memoria. La noche más allá de ser el típico decorado gótico, aquí es un reino sensorial. La selva valdiviana, la playa, el río, la niebla y los cuerpos aparecen como materias activas de la escritura. En Corónica, el sur produce el poema.
Kütral Vargas Huaiquimilla escribe desde una zona donde la poesía toca el terror, la fantasía oscura, el guión, el canto, la oración, el trance y la elegía. El libro se organiza en capítulos que parecen a veces conjuros, a veces visiones, a veces restos de una crónica rota. Esa mezcla formal no es un capricho: responde a una voz que no puede narrarse desde una sola lengua ni desde una sola tradición. Corónica necesita romper la forma porque habla desde cuerpos, memorias y deseos que también han sido quebrados.
El primer capítulo anuncia una de las imágenes centrales del libro, la vampiresa como madre oscura, como fundadora de una familia nocturna.
«Ella adopta niños rosas que mueren de deseo».
En estos poemas, la figura vampírica no se reduce a la depredación, morder también puede ser adoptar y transmitir otra vida. Esa ambivalencia sostiene la intensidad del libro donde lo monstruoso no está separado de lo tierno; la violencia no está separada del cuidado; la muerte no está separada del deseo.
El poema «Cita de Grindr a las 04:38 de la mañana» condensa esa operación con una economía brutal:
«Nos vimos en la playa,
acordamos no saludarnos.
Luego todo tenía tu rostro».
En tres versos, el poema captura una escena contemporánea de deseo, anonimato, reconocimiento y desaparición. La cita sexual se vuelve una aparición fantasmática. El encuentro contamina el mundo entero. Esa es una de las virtudes de Corónica: puede pasar de lo épico a lo íntimo en muy pocos movimientos, sin perder oscuridad ni filo.
El libro trabaja constantemente con esa tensión entre exceso y precisión. Hay poemas que se desbordan en imágenes visionarias —serpientes emplumadas, cisnes caídos, cordones perdidos, culebrones, constelaciones, caballos de sangre— y otros que cortan como una frase dicha al oído. Esa oscilación construye una respiración particular: Corónica avanza como un cuerpo que alterna fiebre y lucidez, trance y punzada, canto y diagnóstico.
Una vida después de la vihda
Obra de la artista Kütral Vargas Huaiquimilla. Foto de Fabiola Pontigo.En el segundo capítulo, “Llegó montada en un caballo de sangre”, el libro abre con una declaración de origen:
«Broté variadas veces».
Esa frase es fundamental. Aquí la identidad no nace una vez: brota, se desplaza, se enferma, se transforma. La voz recuerda haber sido nombrada “araucano, indio, borracho, piojento, autóctono”; recuerda haber sido reducción, campo, éxodo, ciudad. Luego aparece la adopción vampírica:
«Fui adoptada por los colmillos de la noche.
Me dio nueva vida después de la vihda».
La palabra “vihda” es uno de los hallazgos más poderosos del libro. No es solo una variación gráfica. Es una palabra herida. En ella se cruzan vida, VIH, muerte, estigma y renacimiento. Corónica escribe desde esa hache incrustada como una cicatriz: una vida que no puede decirse limpia, una vida atravesada por el diagnóstico, una vida después de la vida prometida. La poesía de Kütral no embellece esa herida: la vuelve ritmo, boca, linaje.
Por eso “AZT” es uno de los poemas centrales del conjunto. Allí, la memoria de la epidemia y del duelo aparece en una imagen devastadora:
«Todas se van marchitando en sarcomas del amor».
Pero el poema no deja a esas figuras en el anonimato de la pérdida. Las llama de nuevo con nombres de flora y fauna:
«Margarita, La Rosa, La Gardenia,
La Copihua, La Loba, La Tigresa, La Güiña,
La Nutria, La Pantera, La Cachorra».
Nombrar es aquí una forma de cuidado. Una manera de devolver cuerpo, belleza y manada a quienes fueron expulsadas de la memoria común.
Ese gesto revela una ética poética. Corónica no escribe sobre la muerte para clausurarla, sino para escuchar lo que la muerte dejó vibrando. Hay duelo, sí, pero también hay fiesta. Hay enfermedad, pero también baile. Hay cuerpos que caen, pero también cuerpos que se nombran, se desean, se montan, se coronan, se inventan otra genealogía. El libro entiende que la poesía puede ser un ritual de aparición: una forma de hacer volver lo que fue borrado.
La lengua, la noche, la fiesta
Instalación de Kütral Vargas Huaiquimilla. Foto por Cristian Arriagada. La relación con la lengua es igualmente decisiva. Uno de los versos más duros del libro dice:
«Nací en el olvido de la lengua».
Pocas frases resumen tan bien la dimensión anticolonial de Corónica. Aquí la poesía aparece como un modo de hablar desde la pérdida y herida sin convertirla en silencio.
Corónica no pretende restaurar ingenuamente una totalidad perdida; escribe desde el residuo, desde el tartamudeo hermoso de una memoria que insiste.
En ese sentido, el libro tiene una relación muy rica con la musicalidad, una música de trance, de fiesta, de repetición, de invocación.
«Silva culebrón a todos mis hijos.
Silva culebrón a todos mis hijos.
Silva culebrón a todos mis hijos».
La repetición funciona como conjuro, busca insistir y abrir una grieta, producir presencia. En otros momentos aparecen Donna Summer, techno, dembow, huayno, zampoñas, vallenato y cumbia, como si el poema se negara a separar lo ancestral de lo pop, lo ritual de lo discotequero, lo político de lo bailable.
Esa mezcla es una de las grandes bellezas de Corónica. El libro no busca pureza. Al contrario: su fuerza está en la contaminación. Citas coloniales y canciones pop, memoria mapuche y Grindr, pewma y hospital, sangre y fiesta, selva y subterráneo. Todo convive porque la voz que habla también está hecha de capas, heridas y supervivencias.
El tercer capítulo, «Las puertas del amanecer», intensifica la dimensión nocturna y festiva del libro. Cookie aparece bailando durante días en un subterráneo junto a “unos pocos que odian la luz”. Esa escena podría leerse como una poética completa: la comunidad del libro está hecha de quienes no viven del todo en la luz, de quienes encuentran en la noche no solo peligro, sino refugio, deseo, memoria y forma de existencia.
Una voz vampírica

Hacia el final, el poemario alcanza una de sus zonas más intensas con la imagen del colapso:
«Mi corazón es un imperio
y como todos los imperios
colapsa».
La frase funciona porque une lo íntimo y lo histórico sin explicarlos demasiado. Un corazón puede colapsar como colapsa un imperio; un cuerpo puede cargar la ruina de una organización política; el deseo puede ser un campo de batalla. Kütral escribe la emoción sin reducirla a confesión íntima: cada afecto tiene historia y cada herida tiene territorio.
El cierre del libro vuelve a la playa. Cookie camina al anochecer, escucha música con audífonos y se pierde entre las rocas.
«Ella vivirá por siempre
para más fiestas
hasta el fin de los tiempos».
Es un final hermoso porque no busca redimir ni explicar. Deja a la vampiresa en movimiento, entre la fiesta y la desaparición, entre la inmortalidad y la intemperie. Hay algo triste en esa imagen, donde vivir para siempre también puede ser seguir cargando la herida. Pero hay algo luminoso, incluso desafiante, Cookie no es derrotada sino que se va hacia otra noche.
Como poemario, Corónica importa porque hace de la poesía un espacio de mutación. No usa el terror como un efecto superficial ni la fantasía oscura como una estética importada del norte global. Usa esas zonas para pensar el cuerpo, la memoria, la lengua y el territorio. Su apuesta no solo es una historia de vampiras, es inventar una voz vampírica: una voz que muerde, contagia, adopta, recuerda, baila y transforma.
Kütral Vargas Huaiquimilla escribe con imágenes de alta intensidad, pero también con una precisión afectiva que impide que el libro se vuelva puro exceso. Debajo de la sangre, los colmillos y la noche, hay una pregunta dolorosa: cómo escribir una vida después de tantas formas de muerte. Muerte colonial, muerte lingüística, muerte social, muerte sanitaria, muerte amorosa.
La poesía, aquí, es una mordida. Y lo consigue.
Javiera Paredes (Concepción, 1994).
Profesora de Lenguaje. Ha desarrollado talleres de escritura y mediación lectora en espacios comunitarios del BíoBío. Sus intereses cruzan literatura queer, política, género, pedagogía y monstruos como formas de resistencia.
