Un padre, un hijo y un ídolo del fútbol olvidado:
La puerta de Tannhauser de Juan Ignacio Colil
Por Cristian Salgado Poehlmann - 2026

Más allá de la temática, medular y obvia, que Juan Ignacio Colil (Santiago, 1966) despliega en La puerta de Tannhauser, su última novela, publicada reciencito nomás por LOM Ediciones, que versa sobre el internamiento y la pragmaticidad con la que se soluciona la carga que los ancianos de la así llamada ahora cuarta edad representan en un ambiente que ve a los viejos como residuos –el asilo, hogar o como quieran llamarlo es el remedio, cuando hay dinero–, es en sus procedimientos técnicos donde radica la principal gracia de esta novela. Esto último, asimismo, y al acusar recibo de la lectura de otras obras de un escritor que durante los últimos años ha sacado un libro tras otro –además de ser fotógrafo–, resulta útil para pensar acerca del Colil del futuro.
“Nadie quiere que le trastoquen su mundo, aunque sea un mundo pequeño y en blanco y negro”, dice Arturo, narrador y protagonista de La puerta de Tannhauser, hombre de unos 50 años, inseguro, inestable emocional y económicamente, que ha tratado de llevar una carrera literaria que, por supuesto, no ha funcionado, apocado además dentro del entorno familiar por la exitosa figura de su hermana.
“Entonces me di cuenta de que yo también era un veterano y que ya no tenía proyectos, ni sueños, ni utopías personales, sino recuerdos y fracasos, pequeños fracasos que me formaron y me convirtieron en lo que era. Mis viejos hacía años que habían dejado de darme consejos acerca de cómo orientar mi vida; supongo que se rindieron ante la evidencia: mi vida era lo que estaba a la vista y no había más. Lo que en algún momento imaginé o quise que fuera mi vida se desvaneció o, peor aún, nunca hice el esfuerzo de alcanzarlo”. Quien habla es por supuesto Arturo.
La puerta de Tannhauser trata acerca de la relación entre un padre octogenario y su hijo. Juan, el progenitor, vive en un asilo de ancianos, y Arturo, el hijo, acude, aproximadamente, una vez por semana a visitarlo. Juan está bien la mayoría del tiempo. A ratos tiende a irse a otro tiempo y lugar: “Creo que piensa que está conversando con mi madre”, dice Arturo. La madre está muerta. Fue a partir de su deceso que la vida de Juan sufrió un detrimento más o menos acelerado, quien se siente culpable de su muerte. La mayor parte del tiempo que comparten ahí dentro la pasan unidos por un periódico: Arturo le lee a Juan.
El hito que rompe la cotidianeidad en la fábula es la despedida de un exjugador de fútbol de Palestino, Óscar Fabbiani, estrella en el campeonato obtenido por el club árabe en 1978, la cual se anuncia, justamente, en el diario. Deciden ir, fugarse del hogar durante algunas horas, improvisar un rito prohibido. Iniciarán entonces un viaje que cambiará el modo de relacionarse que ambos han tenido durante los últimos años.

Sabido esto, paso a la construcción de La puerta de Tannhauser, un escrito trabajado en bloques de imperativos estilísticos e intensidades emocionales. O al menos así se deja leer. Cada vez que la novela necesita de máxima tensión, Colil saca un procedimiento distinto al anterior y lo deja de alguna manera en el olvido. Una novela que se autofagocita, dirían los siúticos.
Los primeros tres capítulos discurren y preparan el camino, a partir de una dinámica ambiental y desde el yo, casi sin diálogos ni peripecias narrativas, para que se establezca “el campo de despegue Colil”: un personaje común y corriente y a la deriva al cual le acontecerá algo extraordinario, sin embargo plausible.
Es en el capítulo cuarto –de un total de 9, cuya extensión es más o menos simétrica– cuando la novela se vuelve un festín del diálogo directo y La puerta de Tannhauser se aparta de sus planicies chilenas y se vuelve una comedia –amarga y dura, pero comedia al fin y al cabo– que utiliza registros que traen desde el otro lado de la cordillera a actores como Luis Brandoni, Guillermo Francella o Ricardo Darín, se apropia de la interpretación de sus guiones y los incrusta dentro de un contexto Chi-chi-chí, Le-le-lé.
El yerro de este mecanismo es que, en ocasiones, algunas frases suenan acartonadas; esto, considerando su naturaleza dialógica, hace que pierdan verosimilitud. No obstante, el humor termina tiñendo todo y pasa lo mismo que Epicuro decía que pasaba con la muerte: “cuando nosotros existimos, la muerte no está presente, y cuando la muerte está presente, entonces no existimos nosotros”.
Con la mención del año 73 el texto vuelve a empantanarse, y no en un mal sentido. La novela se llama La puerta de Tannhauser y Colil se hace cargo de esto. Trae ese mítico espacio y tiempo de Blade Runner, así como hizo con los argentos, y lo inserta dentro de un partido de fútbol que el que no lo está viviendo lo consideraría miserable. Se trata de la sección más intertexual e interpretativa del libro. Colil tensiona al pasar la aplanadora de la densidad de las interrogantes oscuras, una novela que crea sus propios portales antes de que la vida expire. En las fiestas dejamos de reírnos cuando vemos que alguien tiene una sobredosis.
Hay algo muy chileno en la escritura de Colil –y que reviste cierta peligrosidad y arrojo adrenalínico–. Se trata de cerrar las responsabilidades a última hora. Y en esto es muy bueno. Un gran sacador de pillos, también podría decirse. Si en Espejismo cruel –novela negra publicada por Editorial Los Perros Románticos en 2021– cierra una historia que se avecinaba compleja en apenas 40 páginas, en La puerta de Tannhauser lo hace en 6.
Se trata de una historia bastante más sencilla, naturalmente. El autor de Cosas que no creerías (Cormorán Ediciones, 2025) se las ingenia para traer, de nuevo, al humor y a los argentinos, pero modificando el estilo que usó con anterioridad: compacta un relato de aventuras protagonizado por un padre, un hijo y un ídolo del fútbol olvidado, Óscar Fabbiani –a quien vuelve mito otra vez–. La acción acontece dentro de un vehículo, algo así como un Volviendo al futuro revisitado, en apenas un par de párrafos.
Por libros como este es que máximas como la de Rainer Maria Rilke, aparecida en Cartas a un joven poeta (1929), continúan vigentes: “Si su diario vivir le parece pobre, no lo culpe a él. Acúsese a sí mismo de no ser bastante poeta para lograr descubrir y atraerse sus riquezas”.
Ahora, entendida la narrativa como una manera de hacer –un género literario–, cabe preguntarse si Juan Ignacio Colil no se encuentra ya en una posición de comodidad respecto de sí mismo. La evidencia indica que todavía no, aunque nunca está de más ponerle los patines. Colil destaca por ser un autor curioso, todavía fresco en sus procedimientos, aunque al límite, que escribe también literatura infantil. Al respecto, su último libro salió a fines del año pasado: Juan Trapi y el misterio de la huerta, también por LOM Ediciones.
Algunos datos más: Juan Ignacio Colil ha sido director de un colegio, padre, paseador de perros, asador de choripanes, abuelo y cocinero. Durante un tiempo escribió mucho durante las mañanas. Este libro, como su vida, está complementado por el asombro.
Fotografía: Paulo Slachevsky.
Los primeros tres capítulos discurren y preparan el camino, a partir de una dinámica ambiental y desde el yo, casi sin diálogos ni peripecias narrativas, para que se establezca “el campo de despegue Colil”: un personaje común y corriente y a la deriva al cual le acontecerá algo extraordinario, sin embargo plausible.
Es en el capítulo cuarto –de un total de 9, cuya extensión es más o menos simétrica– cuando la novela se vuelve un festín del diálogo directo y La puerta de Tannhauser se aparta de sus planicies chilenas y se vuelve una comedia –amarga y dura, pero comedia al fin y al cabo– que utiliza registros que traen desde el otro lado de la cordillera a actores como Luis Brandoni, Guillermo Francella o Ricardo Darín, se apropia de la interpretación de sus guiones y los incrusta dentro de un contexto Chi-chi-chí, Le-le-lé.
El yerro de este mecanismo es que, en ocasiones, algunas frases suenan acartonadas; esto, considerando su naturaleza dialógica, hace que pierdan verosimilitud. No obstante, el humor termina tiñendo todo y pasa lo mismo que Epicuro decía que pasaba con la muerte: “cuando nosotros existimos, la muerte no está presente, y cuando la muerte está presente, entonces no existimos nosotros”.
Con la mención del año 73 el texto vuelve a empantanarse, y no en un mal sentido. La novela se llama La puerta de Tannhauser y Colil se hace cargo de esto. Trae ese mítico espacio y tiempo de Blade Runner, así como hizo con los argentos, y lo inserta dentro de un partido de fútbol que el que no lo está viviendo lo consideraría miserable. Se trata de la sección más intertexual e interpretativa del libro. Colil tensiona al pasar la aplanadora de la densidad de las interrogantes oscuras, una novela que crea sus propios portales antes de que la vida expire. En las fiestas dejamos de reírnos cuando vemos que alguien tiene una sobredosis.
Hay algo muy chileno en la escritura de Colil –y que reviste cierta peligrosidad y arrojo adrenalínico–. Se trata de cerrar las responsabilidades a última hora. Y en esto es muy bueno. Un gran sacador de pillos, también podría decirse. Si en Espejismo cruel –novela negra publicada por Editorial Los Perros Románticos en 2021– cierra una historia que se avecinaba compleja en apenas 40 páginas, en La puerta de Tannhauser lo hace en 6.
Se trata de una historia bastante más sencilla, naturalmente. El autor de Cosas que no creerías (Cormorán Ediciones, 2025) se las ingenia para traer, de nuevo, al humor y a los argentinos, pero modificando el estilo que usó con anterioridad: compacta un relato de aventuras protagonizado por un padre, un hijo y un ídolo del fútbol olvidado, Óscar Fabbiani –a quien vuelve mito otra vez–. La acción acontece dentro de un vehículo, algo así como un Volviendo al futuro revisitado, en apenas un par de párrafos.
Por libros como este es que máximas como la de Rainer Maria Rilke, aparecida en Cartas a un joven poeta (1929), continúan vigentes: “Si su diario vivir le parece pobre, no lo culpe a él. Acúsese a sí mismo de no ser bastante poeta para lograr descubrir y atraerse sus riquezas”.
Ahora, entendida la narrativa como una manera de hacer –un género literario–, cabe preguntarse si Juan Ignacio Colil no se encuentra ya en una posición de comodidad respecto de sí mismo. La evidencia indica que todavía no, aunque nunca está de más ponerle los patines. Colil destaca por ser un autor curioso, todavía fresco en sus procedimientos, aunque al límite, que escribe también literatura infantil. Al respecto, su último libro salió a fines del año pasado: Juan Trapi y el misterio de la huerta, también por LOM Ediciones.
Algunos datos más: Juan Ignacio Colil ha sido director de un colegio, padre, paseador de perros, asador de choripanes, abuelo y cocinero. Durante un tiempo escribió mucho durante las mañanas. Este libro, como su vida, está complementado por el asombro.
Fotografía: Paulo Slachevsky.
