Drama Norte: Una escuela de dramaturgia en el corazón del desierto
Por Juana Balcázar - 2026

La tierra anaranjada se colaba en todo, en calcetines, pegada a las piernas, en los labios secos por el sol. Mirabas hacia arriba y lo inmenso era el desierto, enredado en cavidades milenarias que, como muros, guardaban ecos de personas andando en bicicleta, gritando asombradas por la vasta Garganta del Diablo. El inicio de la caminata es por el borde del río San Pedro, cruzando un pequeño bosque nativo de chañares, avanzando por el interior de un cañón de unos 5 km de largo hasta ascender a un mirador, con vistas a las montañas y volcanes que nos rodean.
Drama Norte era esto: avanzar con un texto por el desierto, caminarlo, escribirlo, llenarse de tierra por todos lados y sacudir en ella un gesto, una historia que fuera interpretada desde este territorio inmenso.
Éramos siete personas seleccionadas de distintos lugares del norte. La residencia —la primera Escuela de Dramaturgia del Norte de Chile— se desarrolló durante nueve días en San Pedro de Atacama y culminó con una lectura en Antofagasta. Drama Norte es un proyecto en alianza entre DramaSur y Teatro Basca, y surge como respuesta a desafíos persistentes en el panorama cultural del norte: la necesidad de fortalecer la dramaturgia, la escasez de espacios de formación y residencia, y la urgencia de construir relatos situados que dialoguen con las realidades sociales, culturales y geográficas de la zona.
La iniciativa propone un modelo de trabajo centrado en la investigación, la escritura y el intercambio creativo, configurando un espacio dedicado exclusivamente al desarrollo de obras dramáticas contemporáneas, uniendo los dos extremos del país con el propósito de descentralizar la creación dramatúrgica.

24 de abril: la llegada
Luego de quince horas de viaje desde Coquimbo, llegué a la ciudad de Calama. Esperando en el terminal, me encontré con la dramaturga y una de las profesoras de la residencia, Constanza Bustos, también con Fernando y Antonio, ambos de Calama y con quienes me fui en el bus a San Pedro de Atacama. Entre el paisaje agreste del desierto, las primeras palabras, convertidas en conversaciones, salían para capear la hora y media de viaje hasta el destino final. Y allí, el calor nos recibió y nos abrazó en el hostal. Una enorme casa con un patio central que, más tarde, al caer la noche fría del desierto, nos reunió en torno a una fogata, donde finalmente nos reunimos todos los residentes: Edson (Huasco), Rocío (Copiapó), Camila (San Pedro), Fernando (Calama), Antonio (Calama), Marcelo (Antofagasta), Juana (Coquimbo).
Junto a Constanza y a Carolina Jara, docente y dramaturga de la ciudad de Concepción, creadora de Drama Sur, leímos nuestras obras, como si estas fueran la verdadera presentación de cada uno, una historia que acarrea un pedazo de cada ciudad en la que habitamos.
25, 26 y 27 de abril: Primer módulo, Cognición dramática: estructuras para lo vivo, rastreo y conocimiento del texto, por Constanza Bustos

Cuando empiezas algo, sin conocer en qué te adentras, ocurre una sobreestimulación tal que todo parece hermosamente nuevo. Los días transcurrían en tres horas de clase por las mañanas y tres en la tarde. El primer módulo nos hizo entender la dramaturgia como un órgano vivo que se sostiene mediante el diálogo y el movimiento de sus personajes, un mundo que funciona bajo reglas que el dramaturgo o dramaturga establece para que el espectador se entregue a la dinámica que planteamos como escritores.
A las diez de la mañana ya estábamos sentados en una sala de color amarillo, vencida por el frío al caer las tardes. Constanza no solo nos entregó las estructuras que construyen una obra, sino que nos interpeló, nos hizo preguntarnos el porqué de lo que escribíamos, a rastrear las posibilidades que nos entregaba el texto y a desarmar lo escrito, crear el mundo, las contradicciones y las inquietudes, deseos y goces de cada personaje, para rearmar un mundo totalmente nuevo.
28, 29 y 30 de abril: Segundo módulo, Estrategias poéticas y lenguaje literario en la escritura dramática, por Carolina Jara

Desarrollado en diferentes espacios del hostal y del pueblo de San Pedro, este módulo nos ayudó a desarmar el lenguaje, creando signos dentro de nuestra obra que agregaran potencia literaria tanto a las didascalias como a los diálogos. Mediante intensivos ejercicios con metáforas y figuras literarias, fuimos afinando entre todos las cadencias, ritmos y el mundo donde habitaban los personajes, dando lenguaje propio con identidades que dialogaran entre sí.
Poner el lenguaje en una puesta en escena que también integrara el territorio del norte de Chile. Esto era vital. Carolina venía de la Región del Biobío, trayendo consigo tres versiones de Drama Sur. Entender nuestro propio paisaje era también el propósito de esta residencia. Tomar formas de hablar, modismos, tradiciones y cosmovisiones, colores y olores del árido y semiárido es una forma de generar resistencia a través de narraciones que irrumpieran en la dramaturgia y los espacios centralizados de las artes escénicas.

1 de mayo: Workshop, del yo a la ficción
La dramaturga María José Pizarro llegó en los días finales de la residencia, pero nos sumergió pensando en las complejidades de crear un yo reflejado en el personaje, en pensar en este y sus diferentes formas de mirar el mundo creado en la obra. Con ejercicios realizados junto a archivo fotográfico, ejercitó la narración y las sensaciones de un yo ficcionado, pero a la vez real y con memorias que sirvieron para integrar una historia personal, que fuera capaz de generar emoción real.

Últimos días: el tiempo pasa lento en el desierto
El dos de mayo atravesamos una carretera vacía, cantando cumbia en el auto de Cami, mientras avanzamos por llanuras interrumpidas por el volcán Licancabur, vegetación aferrada con resistencia al desierto y pedazos de sal incrustados en la arena, herida por surcos dibujados que se hacían cada vez más grandes a medida que ascendíamos por los cerros. Nuestro destino era Toconao, un pequeño pueblo en las alturas, donde caminamos hasta llegar al Valle de Jere, un oasis de rocas enormes que en su centro tenía un arroyo alimentado por una gran cascada. Atravesamos todos como un bautizo nortino: el agua helada del desierto más árido del mundo. Gritamos y reímos en su inmensidad, preguntándonos cómo los días han pasado, lentos como sedimentos apostados en la roca, juntos, en los últimos días de la residencia.

