Dejen hablar a la vieja fea

Imaginería Lucía Hiriart, de Felipe Palavecino (Aparte, 2025)



Por Diego Armijo - 2026





El golpe de estado civil y militar del 11 de septiembre de 1973 es una coyuntura en el tiempo histórico —hago un uso torcido de las ideas de Fernand Braudel— que cambia, a su vez, el flujo de la escritura nacional. Elvira Hernández en una entrevista —fallo al no encontrar la fuente y tener que parafrasear— contaba que su escritura antes de este evento era distinta, que hubo una transformación importante en ella.

Con esta declaración podríamos entender muchas de las escrituras que se desarrollaron durante los años de dictadura. Si las condiciones del proceso histórico cambian, la escritura lo hace con ellas. Un evento de corta duración, otra arruga de Braudel, por ende excepcional pero perceptible, si hablamos de poesía chilena, es Bruno Vidal. Con una escritura al contrario de su panorama, entregándole la palabra al enemigo, reafirmando con este resumen el lugar común con el que se lo ha interpretado, se figura como una extrañeza. ¿Qué cambios provoca este caso anómalo? ¿Qué poesía germina de una escritura contreras?


Lucía Hiriart de Pinochet y el dictador. 


Entrando, entonces, al libro Imaginería Lucía Hiriart (Aparte, 2025) de Felipe Palavecino —heterónimo de Felipe Rodríguez—, que antes había publicado Estela de cóndores fosforescentes (SEMERI Región de O´Higgins, 2017), y que ahora usa de títere oscuro la voz de la esposa del dictador. Ya en 2020 para la revista Elipsis el autor adelantaba este proyecto que, cinco años después, es publicado:

«Con Imaginería Lucia Hiriart […] hubo mayor autoconciencia de mis recursos, un proceso largo de investigación y una intención más direccionada, aunque no por eso menos delirante a mi parecer […] Creo que existe una necesidad de abordar, dejar en evidencia y sobre todo de desacralizar a estas figuras ¿Por qué? porque son complejas, no podemos darnos el lujo de negarlas desde una perspectiva histórica-política, ni tampoco desde las posibilidades creativas que te ofrece la literatura, bien lo hicieron antes Lemebel, Bolaño y el propio Bruno [Vidal]».


En esa ocasión el entrevistador compara el ímpetu de la escritura de Imaginería […] con Arte marcial de Bruno Vidal, pero Palavecino decide emparentar su proyecto con Louis XIV de Pablo de Jolly y Mama Marx de Carmen Berenger. La decisión de nombrar como precursores estos libros, por sobre la obviedad de la comparación con el trabajo de Vidal, va por la elección del delirio. Que, al parecer, libros con un procedimiento como el de Palavecino sean solo excepciones, los convierten en puntales con los que medir la tierra de la poesía chilena.

Imaginería […] inicia con una advertencia: «corta tus uñas/ limpia tus zapatos al menos/ antes de elucubar versos sobre mi distinguida imaginación». El titiritero poeta se autoimpone así una misión. Trabajo fácil y panfletero hubiera sido atacar a la esposa del dictador con lugares comunes, como si la poesía solo fuera un grito primal. Es en el procedimiento, la imitación de la voz bestial de la vieja, cuidando la limpieza del verso —«corta tus uñas/limpias tus zapatos»— en donde Palavecino encuentra versos que provocan mermar de manera más definitiva la figura.



Es en la humillación continua con que Palavecino hace hablar a Lucía en donde se encuentran los mayores hallazgos de su libro. No es chiste fácil ni injusticia de opositor. Son versos que convierten toda seriedad, autopercepción dictatorial, en una teleserie piñufla.

Como ejemplo de esto encontramos versos donde las limitaciones sociales se unifican al hablar de deseo:

«como dicen las populares:

Era fácil ahogarse en sus ojitos de piscina».



Otros, refuerzan su régimen y ponen en su lugar todas las piezas:

«recordé quién era yo:

ráfagas de buen gusto sobre la Moneda».



Los absurdos, entre tanto drama chabacano, insertan a Hiriart en la historia, constituyéndose el poema como una honesta interpretación:

«¿Te conté de la caballa fiesta que dimos

esa noche que ganamos Chile?».



Ganar Chile, es un perfecto y aterrador resumen en todo el impulso del golpe de estado. La vieja, como interlocutora de lo íntimo y lo público, se transforma en el ojo objetivo de la historia, aquel de la historiografía conservadora y católica chilena, expresando, tanto en el libro de Palavecino como en su reflejo de carne y mugre en la vida real, la conciencia de una parte brutal del país. Es así como el verso «esas mujeres de la cocina acribillaban con solo mirarme», el que hace referencia a familiares de detenidos desaparecidos, recuerda palabras más salvajes. 

En 1986 Carmen Gloria Quintana y Rodrigo Rojas de Negri fueron quemados vivos por un comando militar dirigido por Pedro Fernández Dittus, con el resultado de la muerte de Rojas de Negri y la hospitalización por quemaduras graves de Quintana. Lucía Hiriart de Pinochet, al ser consultada preguntó: «¿para qué se queja tanto esa niña, si se quemó tan poco?».


Imagen de archivo de Carmen Gloria Quintana cerca de su casa en Santiago, julio 1987.

Una forma sencilla, tal como muchos libros utilizan documentos, lo que se suele llamar poesía documental, habría sido copiar y pegar las palabras de la realidad. Riesgo e inventiva es exprimir el genio poético en búsqueda de variaciones de la maldad original, crear palabras que podría haber dicho esa vieja maldita.  

Algo que cruza esta representación de la ex primera dama del Estado chileno, junto a su maldad, es su total vanidad kitsch. Otra vez, un camino facilón para otro poeta sería volver a esta Lucía una ridícula sin matiz. Decir, por ejemplo, que siempre estaba más pintada que una puerta. Palavecino, en cambio, esparce los poemas de palabras que, en el universo de palabrería de esposa de milico, nos dicen todo eso. Hall, mármol rosa, cartas perfumadas, menaje, cóctel, broches, champán, joyas y glamour, son estos conceptos-signo que con el verso «es el insomnio un terrorismo interior», coronan todo este vacío y convierten los poemas en una distorsión algo clara. No es fácil entrar en la cabeza de Lucía Hiriart, tampoco leerla con comprensión.

Poetas y las editoriales que les publican sus trabajos han priorizado la facilidad. Llanuras centradas en plantas, animales y objetos son los impresos que circulan. Temáticas que pueden englobarse, haciendo mal uso del concepto, en lo que se llama poshumanismo. ¿De qué sirve todo ese enciclopedismo? Becas, premios e invitaciones internacionales para representar la poética del país.

Pero esos libros, esos poemas, aunque estén impresos en tinta sobre papel de buena calidad no existen. No calan, no emocionan. Un poema debería movilizar, extrañar, incomodar o por lo menos existir en la lengua de los comunes. No es necesario que este sea la semilla de una revolución; sí, que provoque un movimiento. El cuerpo, el espíritu, la patita, el asombro: algo debe ser conmocionado. Versos que se incrusten, para bien o para mal, en la memoria.

Escribir del polen, de las piedras, los hongos y de pajaritos, es una cobardía estética. Palavecino, aunque digan que la poesía no importa, escribe con importancia y motivación política. Todo queda más claro y marcado al final de Imaginería […] cuando expone la dedicatoria del libro. Es para su abuela Georgina del Carmen, germen movilizador de esta escritura.  Ella, nos cuenta Palavecino, ante la visita oficial del dictador a Pinto —su pueblo— y la obligación de izar la bandera, decide: «ante esto último, mi abuela se hizo la desentendida, o mucho mejor, como lo dijo en su propio relato, se hizo la de la chacra —que dicho sea de paso, efectivamente lo era, una mujer campesina, nacida y criada en los campos de San Gregorio—».

Ese acto de rebeldía convocó estos poemas. Aquí Palavecino no utilizó una retromanía de infancia para complacer, sino que buscó en la poesía la construcción de horizonte de desafíos. Palavecino no escribe poemas sobre el polen en las plantas, poemas que a Lucía Hiriart le habrían encantado.






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