Amo blanco, amo negro: figuraciones de la violencia en El reino de este mundo de Alejo Carpentier
Por Lucas De Mec - 2026

La vinculación entre violencia y literatura constituye una de las claves de lectura más relevantes en la crítica latinoamericana del siglo XX y principios del XXI. Este abordaje invita a pensar los textos literarios como obras cuyo análisis profundiza en la realidad histórica, política y social de América Latina, así como en las territorializaciones de la violencia en el continente (Basile 2015).
En la narrativa de Alejo Carpentier, El reino de este mundo (1949) resulta un caso paradigmático: la descripción psicológica de los personajes y la narración de sus destinos permiten explorar las diversas figuraciones de la violencia presentes en el relato. El contrapunto entre sometimiento y libertad, el choque entre las matrices negras y blancas, y las contradicciones que atestigua el protagonista ofrecen vías de abordaje fundamentales para esta novela.

Alejo Carpentier
El viaje de Ti Noel, motor de los principales núcleos narrativos del texto, conduce a la Ciudadela Laferrière (o La Citadelle), una fortaleza situada al norte de la isla, cerca del Cabo Haitiano. Esta estructura fue erigida en las dos primeras décadas del siglo XIX por orden de Henri Christophe, rey de Haití durante ese período y figura central en la tercera parte de El reino de este mundo.
La figura de Christophe resulta problemática tanto en la discursividad del texto como en su dimensión histórica. Antiguo esclavo de origen igbo, participó en las luchas independentistas contra el dominio francés en la colonia de Saint-Domingue. Paradójicamente, tras erradicar la influencia europea y abolir la esclavitud mediante el conflicto bélico, Christophe impulsó la proclamación del Primer Imperio de Haití para erigirse como líder absoluto de este nuevo régimen monárquico.
En la novela, este peculiar personaje histórico funciona como un antagonista que permite aislar un núcleo narrativo fundamental en la tercera parte de El reino de este mundo: la llegada de Ti Noel a la Ciudadela y su perspectiva frente al reinado de Christophe. Al tomar la relación amo-esclavo como clave de lectura para abordar las representaciones de la violencia, el análisis puede centrarse en el segmento comprendido entre los capítulos tres (“El sacrificio de los toros”) y seis (“Ultima Ratio Regum”).
El epígrafe de la tercera parte introduce de lleno el tema central de este trabajo:
"En todas partes se encontraban coronas reales, de oro, entre las cuales había unas tan gruesas, que apenas sí podían levantarse del suelo. Karl Ritter, testigo del saqueo de Sans-Souci." (48) .
De esta cita se desprenden elementos que anticipan los rasgos característicos de este núcleo narrativo. En primer lugar, destaca la descripción hiperbólica de la corona. La exageración deliberada de este símbolo monárquico subraya el rol autoritario y ostentoso del rey en territorio haitiano.
En segundo lugar, la aclaración del rol de ‘testigo’ asignado a Karl Ritter sirve para rememorar un evento histórico: el saqueo de una de las obras arquitectónicas más importantes de Haití. En consonancia con esta idea, Ti Noel asume un papel análogo al llegar a La Citadelle, ya que funciona como testigo de lo acontecido durante el Primer Imperio de Christophe y su posterior caída. A través de esta elección, Carpentier anticipa los escenarios que visitará el protagonista, como el Palais Sans-Souci, situado en la actual zona de Milot.
Al inicio del capítulo, el narrador omnisciente menciona la llegada de Ti Noel a la comuna haitiana de San Marcos. En este fragmento, la tensión entre esclavitud y libertad se enuncia claramente: “Bajo la mano de su amo criollo había conocido una vida mucho más llevadera que la impuesta antaño a sus esclavos por los franceses de la Llanura del Norte” (49). Se evidencia así una actitud más benevolente por parte del amo, cuyo fundamento cobra sentido en la elección del adjetivo ‘criollo’: un individuo nacido en este territorio y no en Europa.
Dibujo de inicios del siglo XIX representado a esclavos negros asesinando a los colonos blancos de Saint-Domingue (actual Haití) durante la revolución haitiana de 1791.
El créole es la lengua popular haitiana, cuya estructura de base francesa se nutre de las lenguas de los esclavos africanos sometidos. Desde esta perspectiva, la elección del adjetivo "criollo" por parte de Carpentier marca, de forma coherente, un matiz diferenciador en la figura del amo. Esta caracterización se refuerza cuando el texto menciona que Ti Noel guardaba "las monedas que el amo le había dado de aguinaldo" (49). Se evidencia así una concesión hacia el esclavo que resultaría impensable bajo las severas imposiciones del Code Noir en el Caribe.
La narración explicita esta nueva condición:
“Ti Noel era un hombre libre. Andaba ahora sobre una tierra en que la esclavitud había sido abolida para siempre” (49).
Así, la libertad emerge como la única resolución posible a la violencia intrínseca de la esclavitud. Pese a la benevolencia de su antiguo amo, la necesidad del subordinado de romper con la sumisión es ineludible. Esta pulsión emancipadora se consolida en la decisión espacial del protagonista: no huye a Europa ni al continente americano, sino que regresa a Haití, la tierra que presuntamente ha erradicado la violencia.
Más adelante, en el capítulo “Sans-Souci” —escenario anticipado en el epígrafe—, Ti Noel asume plenamente su rol de testigo y observa una escena que problematiza la noción de libertad que presuponía para el pueblo haitiano. Allí afloran las primeras contradicciones frente a las expectativas del protagonista:
Mucha gente trabajaba en esos campos, bajo la vigilancia de soldados armados de látigos que, de cuando en cuando, lanzaban un guijarro a un perezoso. «Presos», pensó Ti Noel, al ver que los guardianes eran negros, pero que los trabajadores también eran negros, lo cual contrariaba ciertas nociones que había adquirido en Santiago de Cuba, las noches en que había podido concurrir a alguna fiesta de tumbas y catás en el Cabildo de Negros Franceses. (51)
Batalla en Santo Domingo, cuadro sobre un choque entre tropas polacas al servicio de Francia y rebeldes haitianos, por January Suchodolski, 1845.
Incapaz de asimilar lo que ve a partir de sus conocimientos previos, Ti Noel intenta encuadrar la escena dentro de un sistema social coherente. Tanto los "soldados armados de látigos" como los trabajadores castigados al menor tropiezo son negros. Para dotar de lógica a este acontecimiento, el protagonista asume que las víctimas son "presos": individuos que transgredieron las normas de una sociedad justa y, por ende, deben ser corregidos. La paradoja cristaliza en el verbo "contrariar", elegido por el narrador para marcar la ruptura estructural entre la brutalidad observada y la libertad imaginada. En este sentido, el narrador exhibe una perspectiva distanciada —asociable a una óptica occidental o "blanca"— mientras sigue los pasos de un protagonista "negro", potenciando así las contradicciones fundamentales del relato.
Inmediatamente después, el desconcierto de Ti Noel se agudiza al enfrentarse a una escena que desafía los límites de su verosimilitud: su llegada al “palacio rosado” (52) de Sans-Souci. A través de participios como “maravillado”, de la reiteración del verbo “descubrir” y de la formulación adversativa que subraya cómo “lo que más asombraba a Ti Noel era el descubrimiento de que ese mundo prodigioso (…) era un mundo de negros” (52), es posible rastrear la propuesta estética de Carpentier. Como señala el autor en su célebre prólogo a El reino de este mundo: “Esto se me hizo particularmente evidente durante mi permanencia en Haití, al hallarme en contacto cotidiano con algo que podríamos llamar lo real maravilloso” (7).
Ruinas del Palacio de Sans Souci en Haití. Esta categoría estética presupone el asombro del observador —aquel que asume el rol de testigo, como anticipaba el epígrafe— frente a elementos y acontecimientos que, si bien desbordan su noción de lo posible, pertenecen de manera intrínseca a la realidad que contempla. Así, el “descubrimiento” de Ti Noel funciona como la escenificación ficcional del postulado teórico de Carpentier.
En este núcleo narrativo, dicho asombro se vincula estrechamente con la paradoja de un sistema donde el protagonista jamás hubiera esperado encontrar una nueva maquinaria de violencia.
Es precisamente este “mundo de negros” lo que maravilla al protagonista. Para describir la escena, la narración utiliza la palabra “negro” —en todas sus variantes de género y número— once veces en un solo párrafo. Esta insistencia léxica subraya la contradicción central de la nueva sociedad: la instauración de una estructura jerárquica idéntica a la de la monarquía europea, pero habitada por una población negra donde los subordinados son forzados y oprimidos por amos de su misma tez.
Parte fundamental de este asombro radica en el sincretismo religioso que registra la mirada narrativa: “negra, en fin, y bien negra, era la Inmaculada Concepción que se erguía sobre el altar de la capilla, sonriendo dulcemente a los músicos negros que ensayaban un salve” (52).
Este sincretismo reaparece en la divisa grabada en las monedas del rey Christophe: “Dios, mi causa y mi espada” (52). La deidad ajena, ahora asimilada a su cultura, se erige no solo como dogma, sino como fundamento y arma represiva del régimen imperial (“mi espada”).
Retomando la contradicción en el posicionamiento del narrador, este sincretismo cultural entre las matrices blancas y negras permite abordar de forma transversal las representaciones de la violencia en la novela.
Retrato de Henri Christophe,
conocido como Enrique I de Haití
(c.1812)
Más allá del asombro inicial, la novela profundiza en la dialéctica de dominación: el amo reconoce la necesidad vinculante que establece con el esclavo. Esta interdependencia se explicita durante el ingreso de Ti Noel a la Ciudadela, cuando el narrador en tercera persona describe el nuevo régimen impuesto por Christophe en el norte haitiano:
Este pasaje revela figuraciones de la violencia que abonan a la constante contradicción presente en la novela. En el antiguo régimen, la violencia ejercida sobre el esclavo (un tercero) repercutía como un daño directo sobre el propio amo. Esta dinámica contrasta fuertemente con la unilateralidad del nuevo sometimiento observado por Ti Noel, donde la muerte de un súbdito no supone ninguna pérdida material para el poder central y la paradoja recae únicamente sobre quien ejerce el rol de testigo.
A nivel sintáctico, resulta notable la triple repetición del pronombre "se" en la reflexión sobre los colonos (“se cuidaban”, “se les fuera”, “abrirse”). En estos casos, el pronombre asume un rasgo reflexivo que contextualiza una homologación material: el daño físico infligido al esclavo se traduce en un perjuicio económico para el amo. Este aspecto gramatical subraya una relación vinculante y recíproca que no se resuelve con una mera inversión de roles. Así, el uso del "se" despliega una capa de sentido donde la reflexividad convive con la reciprocidad: si al colono "se" le va la mano y asesina a su esclavo, "se" inflige simultáneamente una herida a sí mismo.
Incendio de una plantación en el Plaine du Cap en 1791, ilustración militar francesa de 1833.
Henri Christophe encarna esta matriz de dominación. Crucialmente, el relato traza aquí una aguda distinción entre el "esclavo" y el "negro": el primero era considerado un bien necesario (y costoso) para el colono; el segundo, bajo el mandato de Christophe, es absolutamente desechable. Instalado en el poder, el nuevo monarca prescinde de la necesidad de preservar la vida de quienes coacciona:
“A menudo un negro desaparecía en el vacío, llevándose una batea de argamasa. Al punto llegaba otro, sin que nadie pensara más en el
Este rasgo de diferenciación retoma y resignifica lo planteado anteriormente: en un “mundo de negros”, el esclavo —por no haberse rebelado contra el blanco— sufre las peores consecuencias a manos de aquellos que sí lograron emanciparse. Bajo esta lógica, la muerte del individuo no repercute en los privilegios del amo; dado que su poder abarca a una inmensa masa de súbditos, el esclavo es fácilmente reemplazable. En un mundo de opulencia que “no lo habían conocido los gobernantes franceses del Cabo” (52), la vida de un negro carece de valor. De esta manera, la violencia adopta una nueva figuración: la borradura o la ausencia total del sujeto.
Hacia el final del tercer capítulo, el narrador realiza un movimiento sumamente interesante: sin abandonar la tercera persona gramatical, accede a los pensamientos íntimos del rey Christophe mientras este contempla la materialización de sus mandatos:
Invasión del Cabo Haitiano por el ejército francés.
A través de este mecanismo, el amo se justifica a sí mismo. Gracias a la intermediación del narrador, Christophe argumenta y legitima sus decisiones. Lejos de amedrentarse o conmoverse, el rey observa cómo sus esclavos —también negros— son torturados, trabajan hasta el cansancio extremo y, finalmente, mueren para cumplir sus requerimientos.
Esta técnica discursiva, característica en la narrativa de Carpentier, permite explorar la profundidad psicológica del tirano mediante el uso del estilo indirecto libre.
Sobre este recurso, Franco Moretti señala que el estilo indirecto libre permite “preservar la perspectiva subjetiva en lugar de obliterarla” (2014: 118). Como destaca el crítico —y se evidencia en este pasaje de El reino de este mundo—, el texto configura “una voz intermedia, casi neutral” (119). Así, la autojustificación de Christophe dialoga y colisiona con la mirada de Ti Noel, exponiendo las dos caras de una realidad moldeada por lo real maravilloso. Aunque la obra tienda a una verdad totalizadora, esta resulta inaccesible; no obstante, de nuestra lectura se desprende una certeza insoslayable: en su monólogo, el monarca explicita que necesita explotar a sus subordinados para blindarse contra Francia, mientras que, en el extremo opuesto, el esclavo obedece, simple y llanamente, para sobrevivir.
El final del capítulo siguiente marca un punto de inflexión en la violencia que atestigua el protagonista. Tras presenciar la aberrante tortura y muerte del confesor de Christophe —castigado por intentar huir a territorio francés—, Ti Noel comete su primer y silencioso acto de rebeldía:
Vista de la ciudadela Laferrière construida bajo el gobierno de Enrique I de Haití.
Este acto inadvertido constituye un giro determinante en la psiquis del protagonista. Su insulto prefigura el “inexplicable desasosiego” (60) que sentirá el soberano haitiano al inicio del capítulo siguiente. Aquí se evidencia el uso de estructuras simétricas, rasgo esencial en la narrativa de Carpentier para delimitar los núcleos narrativos: en contraposición a la presentación del reinado en el tercer capítulo, el sexto apartado (“Ultima Ratio Regum”) clausura el ciclo. En este pasaje, los súbditos del antiguo esclavo se rebelan para erradicar un régimen monárquico impuesto ya no por el extranjero, sino por uno de los suyos.
Para analizar esta violencia final y emancipadora, resulta sumamente productiva la lectura de Susan Buck-Morss en Hegel y Haití. La dialéctica amo-esclavo: una interpretación revolucionaria (2000: 70). La autora retoma el concepto hegeliano de la "autoliberación del esclavo", cuyo impacto se palpa desde el inicio del capítulo:
Esta subversión encarna la necesidad de "luchar por la libertad" descrita por Hegel en La primera filosofía del espíritu (1917), reactivando la "lucha a muerte" fundacional de la dialéctica amo-esclavo. El desenlace es insoslayable:
Así, el suicidio de Christophe no ocurre en soledad, sino ante la mirada de quienes, pese a su derrocamiento, permanecieron hasta el final en su rol de subordinados.
En el séptimo y último capítulo, consumada la muerte del tirano, el pueblo liberado debe decidir su futuro. La intervención de un preso evoca los esfuerzos previos de Ti Noel por racionalizar la paradoja de Sans-Souci:
La dialéctica blanco-negro reaparece aquí como un motor analítico clave. El “país de blancos” opera nuevamente como modelo o punto de partida para la acción —tal como ocurría en la autojustificación de Christophe—, y entra en tensión directa con el asombroso “mundo de negros” que había deslumbrado al protagonista al inicio de este núcleo narrativo.
Coronación de Henri Christophe como el rey Enrique I de Haití.
El cuerpo del primer rey de Haití es desmembrado y ultrajado por los esclavos liberados, quienes imitan así el proceder europeo ante situaciones análogas.
El narrador describe este desenlace como un “lento viaje en descenso” (68), imagen que se contrapone directamente a la orden impuesta a Ti Noel al llegar a la Ciudadela: “¡Súbelo!... ¡y vuelve por otro!” (53). Este ascenso y descenso marcan, respectivamente, el inicio y el final del testimonio del protagonista en las tierras del palacio rosado. Se configura así una impecable estructura en espejo que delimita un núcleo narrativo donde las tensiones entre esclavitud y libertad, irremediablemente signadas por la violencia, dominan el relato.
Así, la narración en El reino de este mundo evidencia la profundidad psicológica de sus personajes mediante una serie de contradicciones desplegadas en distintos niveles del relato. En este entramado, la violencia funciona como el eje transversal que motoriza la secuencia narrativa. De este modo, la novela desborda cualquier planteo unidireccional sobre las figuras del amo y el esclavo, el choque entre las matrices blancas y negras, o las concepciones preestablecidas de sometimiento y libertad. A través del largo viaje de Ti Noel, este núcleo temático se erige como una de las múltiples vías que ofrece la escritura de Carpentier para problematizar la compleja relación entre violencia y literatura latinoamericana del siglo XX.
Bibliografía consultada
Si bien las creencias de la comunidad muestran una clara continuidad con el panteón cristiano impuesto por los franceses, la Virgen negra marca una ruptura radical con la iconografía del catolicismo europeo.
Este sincretismo reaparece en la divisa grabada en las monedas del rey Christophe: “Dios, mi causa y mi espada” (52). La deidad ajena, ahora asimilada a su cultura, se erige no solo como dogma, sino como fundamento y arma represiva del régimen imperial (“mi espada”).
Retomando la contradicción en el posicionamiento del narrador, este sincretismo cultural entre las matrices blancas y negras permite abordar de forma transversal las representaciones de la violencia en la novela.
Retrato de Henri Christophe,
conocido como Enrique I de Haití
(c.1812)
Más allá del asombro inicial, la novela profundiza en la dialéctica de dominación: el amo reconoce la necesidad vinculante que establece con el esclavo. Esta interdependencia se explicita durante el ingreso de Ti Noel a la Ciudadela, cuando el narrador en tercera persona describe el nuevo régimen impuesto por Christophe en el norte haitiano:
“Además, en tiempos pasados los colonos se cuidaban mucho de matar a sus esclavos —a menos de que se les fuera la mano—, porque matar a un esclavo era abrirse una gran herida en la escarcela. Mientras que aquí la muerte de un negro nada costaba al tesoro público” (55).
Este pasaje revela figuraciones de la violencia que abonan a la constante contradicción presente en la novela. En el antiguo régimen, la violencia ejercida sobre el esclavo (un tercero) repercutía como un daño directo sobre el propio amo. Esta dinámica contrasta fuertemente con la unilateralidad del nuevo sometimiento observado por Ti Noel, donde la muerte de un súbdito no supone ninguna pérdida material para el poder central y la paradoja recae únicamente sobre quien ejerce el rol de testigo.
A nivel sintáctico, resulta notable la triple repetición del pronombre "se" en la reflexión sobre los colonos (“se cuidaban”, “se les fuera”, “abrirse”). En estos casos, el pronombre asume un rasgo reflexivo que contextualiza una homologación material: el daño físico infligido al esclavo se traduce en un perjuicio económico para el amo. Este aspecto gramatical subraya una relación vinculante y recíproca que no se resuelve con una mera inversión de roles. Así, el uso del "se" despliega una capa de sentido donde la reflexividad convive con la reciprocidad: si al colono "se" le va la mano y asesina a su esclavo, "se" inflige simultáneamente una herida a sí mismo.
En consonancia con las diversas representaciones de la violencia en la novela, este núcleo narrativo expone una amarga paradoja: al liberarse del dominio francés, el antiguo esclavo no busca desmantelar la opresión para alcanzar una libertad efectiva, sino erigir un nuevo régimen donde él asuma el rol de amo.
Incendio de una plantación en el Plaine du Cap en 1791, ilustración militar francesa de 1833.
Henri Christophe encarna esta matriz de dominación. Crucialmente, el relato traza aquí una aguda distinción entre el "esclavo" y el "negro": el primero era considerado un bien necesario (y costoso) para el colono; el segundo, bajo el mandato de Christophe, es absolutamente desechable. Instalado en el poder, el nuevo monarca prescinde de la necesidad de preservar la vida de quienes coacciona:
“A menudo un negro desaparecía en el vacío, llevándose una batea de argamasa. Al punto llegaba otro, sin que nadie pensara más en el
caído” (53).
Este rasgo de diferenciación retoma y resignifica lo planteado anteriormente: en un “mundo de negros”, el esclavo —por no haberse rebelado contra el blanco— sufre las peores consecuencias a manos de aquellos que sí lograron emanciparse. Bajo esta lógica, la muerte del individuo no repercute en los privilegios del amo; dado que su poder abarca a una inmensa masa de súbditos, el esclavo es fácilmente reemplazable. En un mundo de opulencia que “no lo habían conocido los gobernantes franceses del Cabo” (52), la vida de un negro carece de valor. De esta manera, la violencia adopta una nueva figuración: la borradura o la ausencia total del sujeto.
Hacia el final del tercer capítulo, el narrador realiza un movimiento sumamente interesante: sin abandonar la tercera persona gramatical, accede a los pensamientos íntimos del rey Christophe mientras este contempla la materialización de sus mandatos:
En caso de intento de reconquista de la isla por Francia, él, Henri Christophe, Dios, mi causa y mi espada, podría resistir ahí, encima de las nubes, durante los años que fuesen necesarios, con toda su corte, su ejército, sus capellanes, sus músicos, sus pajes africanos, sus bufones. Quince mil hombres vivirían con él, entre aquellas paredes ciclópeas, sin carecer de nada. Alzado el puente levadizo de la Puerta Única, la Ciudadela La Ferrière sería el país mismo, con su independencia, su monarca, su hacienda y su pompa mayor. (56)
Invasión del Cabo Haitiano por el ejército francés.A través de este mecanismo, el amo se justifica a sí mismo. Gracias a la intermediación del narrador, Christophe argumenta y legitima sus decisiones. Lejos de amedrentarse o conmoverse, el rey observa cómo sus esclavos —también negros— son torturados, trabajan hasta el cansancio extremo y, finalmente, mueren para cumplir sus requerimientos.
Esta técnica discursiva, característica en la narrativa de Carpentier, permite explorar la profundidad psicológica del tirano mediante el uso del estilo indirecto libre.
Sobre este recurso, Franco Moretti señala que el estilo indirecto libre permite “preservar la perspectiva subjetiva en lugar de obliterarla” (2014: 118). Como destaca el crítico —y se evidencia en este pasaje de El reino de este mundo—, el texto configura “una voz intermedia, casi neutral” (119). Así, la autojustificación de Christophe dialoga y colisiona con la mirada de Ti Noel, exponiendo las dos caras de una realidad moldeada por lo real maravilloso. Aunque la obra tienda a una verdad totalizadora, esta resulta inaccesible; no obstante, de nuestra lectura se desprende una certeza insoslayable: en su monólogo, el monarca explicita que necesita explotar a sus subordinados para blindarse contra Francia, mientras que, en el extremo opuesto, el esclavo obedece, simple y llanamente, para sobrevivir.
El final del capítulo siguiente marca un punto de inflexión en la violencia que atestigua el protagonista. Tras presenciar la aberrante tortura y muerte del confesor de Christophe —castigado por intentar huir a territorio francés—, Ti Noel comete su primer y silencioso acto de rebeldía:
Una canción en la que se decían groserías a un rey. Eso era lo importante: a un rey. Así, insultando a Henri Christophe, cansándose de imaginarias exoneraciones en su corona y su prosapia, encontró tan corto el andar que cuando se echó sobre su jergón de barba de indio llegó a preguntarse si había ido realmente a la Ciudad del Cabo. (59)
Vista de la ciudadela Laferrière construida bajo el gobierno de Enrique I de Haití. Este acto inadvertido constituye un giro determinante en la psiquis del protagonista. Su insulto prefigura el “inexplicable desasosiego” (60) que sentirá el soberano haitiano al inicio del capítulo siguiente. Aquí se evidencia el uso de estructuras simétricas, rasgo esencial en la narrativa de Carpentier para delimitar los núcleos narrativos: en contraposición a la presentación del reinado en el tercer capítulo, el sexto apartado (“Ultima Ratio Regum”) clausura el ciclo. En este pasaje, los súbditos del antiguo esclavo se rebelan para erradicar un régimen monárquico impuesto ya no por el extranjero, sino por uno de los suyos.
Para analizar esta violencia final y emancipadora, resulta sumamente productiva la lectura de Susan Buck-Morss en Hegel y Haití. La dialéctica amo-esclavo: una interpretación revolucionaria (2000: 70). La autora retoma el concepto hegeliano de la "autoliberación del esclavo", cuyo impacto se palpa desde el inicio del capítulo:
“Christophe echó a andar por su palacio [...] La ausencia de cortesanos, de lacayos, de guardias, daba una terrible vaciedad a los corredores y estancias...” (1949: 63).
Esta subversión encarna la necesidad de "luchar por la libertad" descrita por Hegel en La primera filosofía del espíritu (1917), reactivando la "lucha a muerte" fundacional de la dialéctica amo-esclavo. El desenlace es insoslayable:
“Los pajes aparecieron en el umbral de la sala. El rey moría, de bruces en su propia sangre” (1949: 65).
Así, el suicidio de Christophe no ocurre en soledad, sino ante la mirada de quienes, pese a su derrocamiento, permanecieron hasta el final en su rol de subordinados.
En el séptimo y último capítulo, consumada la muerte del tirano, el pueblo liberado debe decidir su futuro. La intervención de un preso evoca los esfuerzos previos de Ti Noel por racionalizar la paradoja de Sans-Souci:
“En país de blancos, cuando muere un jefe se corta la cabeza de su mujer” (67).
La dialéctica blanco-negro reaparece aquí como un motor analítico clave. El “país de blancos” opera nuevamente como modelo o punto de partida para la acción —tal como ocurría en la autojustificación de Christophe—, y entra en tensión directa con el asombroso “mundo de negros” que había deslumbrado al protagonista al inicio de este núcleo narrativo.
Coronación de Henri Christophe como el rey Enrique I de Haití.
El cuerpo del primer rey de Haití es desmembrado y ultrajado por los esclavos liberados, quienes imitan así el proceder europeo ante situaciones análogas.
Paradójicamente, la violencia recobra el protagonismo como la única respuesta concebida por el grupo sometido para erradicar la brutalidad ejercida sobre ellos.
El narrador describe este desenlace como un “lento viaje en descenso” (68), imagen que se contrapone directamente a la orden impuesta a Ti Noel al llegar a la Ciudadela: “¡Súbelo!... ¡y vuelve por otro!” (53). Este ascenso y descenso marcan, respectivamente, el inicio y el final del testimonio del protagonista en las tierras del palacio rosado. Se configura así una impecable estructura en espejo que delimita un núcleo narrativo donde las tensiones entre esclavitud y libertad, irremediablemente signadas por la violencia, dominan el relato.
Así, la narración en El reino de este mundo evidencia la profundidad psicológica de sus personajes mediante una serie de contradicciones desplegadas en distintos niveles del relato. En este entramado, la violencia funciona como el eje transversal que motoriza la secuencia narrativa. De este modo, la novela desborda cualquier planteo unidireccional sobre las figuras del amo y el esclavo, el choque entre las matrices blancas y negras, o las concepciones preestablecidas de sometimiento y libertad. A través del largo viaje de Ti Noel, este núcleo temático se erige como una de las múltiples vías que ofrece la escritura de Carpentier para problematizar la compleja relación entre violencia y literatura latinoamericana del siglo XX.
Bibliografía consultada
- BASILE, Teresa, coord. (2015). Literatura y violencia en la narrativa latinoamericana reciente. La Plata [AR]: Universidad Nacional de La Plata. Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación.
- BUCK-MORSS (2005) [2000]. Hegel y Haití. La dialéctica amo-esclavo: una interpretación revolucionaria. Buenos Aires: Norma.
- CARPENTIER, Alejo (1949). El reino de este mundo. Lectulandia.
- HEGEL, Georg Wilhelm Friedrich (2010) [1807]. Fenomenología del espíritu. Traducción de Joaquín Chamorro Mielke. Madrid: Editorial Gredos.
- MORETTI, Franco (2014) [2013]. “6. La prosa IV: ‘Una transposición de lo objetivo a lo subjetivo”, en El burgués: Entre la historia y la literatura. Traducción de Lilia Mosconi. México D.F.: Fondo de Cultura Económica. pp. 116-123.
