Cherié Quidel: “Salir de la estructura canónica del texto me parece increíble, podemos tomar cualquier cosa y volverlo un dispositivo de la palabra”.
Por Juana Balcázar - 2026

La escritura de Cherié Quidel se encarna en la memoria, la violencia que recorre el cuerpo de las mujeres, la añoranza y las reflexiones sobre la muerte. La escritora se sumerge en su día a día para poner su oído y transformar las historias cotidianas que la rodean en lo que llamó “dispositivos de la palabra”. Hoy, con dos libros publicados —Mujer araña (2023) y Carmencita (2024)— y ganadora del Roberto Bolaño 2025 en poesía con el libro Amutui Lafken, que se encuentra en proceso, la licenciada en literatura habló con Revista Larus sobre su trabajo, su historia y aquellos temas que siente que todavía no ha podido escribir, pero que sabe que la están rondando.
Sus primeros recuerdos escribiendo son en el colegio, donde hacía boletines diarios de lo que ocurría en la sala de clases, y luego, junto a sus amigas, comenzó a escribir historias acompañadas de dibujos que se convirtieron en verdaderas novelas gráficas para pasar el tiempo. Por otra parte, la lectura vino del cotidiano de la niñez y de su padre, quien le compraba libros. “Un día en la feria vi el libro de El niño con el pijama de rayas, mi papá me lo compró y quedó ahí tirado, pero un día que me castigó y, por ende, no tenía nada que hacer, lo comencé a leer y creo que esa fue la primera vez que sentí una relación con la lectura que me encantó”.
Fuiste parte del colectivo Niña Contestataria. ¿Qué te dejó esa experiencia en la forma en que entiendes hoy tu propia voz?
“El colectivo nació el último año de pregrado bajo la urgencia de hacer algo. Éramos siete compañeras que nos juntábamos a leernos entre nosotras, a apreciar mucho nuestras cosas, incluso si no tenían una calidad poética; en ese momento solo era querer compartir. Hicimos libros a mano y viajamos a diferentes instancias. En ese mismo periodo comencé a imprimir mis poemas, los entregaba en la calle, en la micro, y ahora que lo veo, éramos solo estudiantes que nos juntábamos por un amor a la literatura tan genuino que fue un impulso increíble”.
Publicaste narrativa y estás trabajando actualmente en esta compilación de treinta poemas que forman Amutui Lafken (“se ha ido al mar” en mapudungun), con el que ganaste el Roberto Bolaño 2025. Para ti, ¿cuáles son las diferencias a la hora de escribir poesía y narrativa?
“Yo siento que escribir es un fluido. Creo que la poesía es algo que siempre he tenido en mí, la escribía en clases, en la micro, en el metro, en cualquier lado que se me ocurriera algo, incluso una frase, cualquier cosa. En cambio, la narrativa es un proceso más de sentarse a escribir; por lo tanto, son acciones corporales distintas. Yo no soy disciplinada, ni en poesía ni narrativa, incluso académicamente, porque ahora estoy cursando un magíster. Para mí, escribir tiene mucho que ver con qué quiero hacer yo en el momento y cómo surge”.
El hilo y la aguja, salir de las estructuras de la palabra
En su más reciente trabajo poético, que viene realizando desde el 2021, Quidel rescata la memoria de su padre fallecido, destacando además la relación como hija con su figura, la dinámica paternal y la nostalgia de las cosas.
“Soy una persona muy nostálgica, en mí está mucho añorar cosas, extraño lo que hice ayer, extraño cosas que hice la semana pasada. También añoro mucho lo que va a suceder”.
Estas mismas memorias, además, las ha trabajado explorando otros lenguajes como el visual, en una intervención de archivo fotográfico llamado El rojo en la línea, donde rescata fotografías de su papá en el servicio militar en época de dictadura.
¿Sientes que es diferente trabajar con un lenguaje visual que con el lenguaje propio de las palabras?
“Me gusta la multiplicidad de opciones a la hora de ser creativo. Cuando hice El rojo en la línea, tomé el hilo y la aguja para escribir sobre la fotografía. Ahí hay un montón de materialidades entrecruzándose, afectándose constantemente, y eso a mí me encanta. Yo siento que la palabra no se sale de su textualidad, siento que es muy purista decir que la palabra se construye en la hoja en blanco. Las palabras están en todo. Salir de la estructura canónica del texto me parece increíble, podemos tomar cualquier cosa y volverlo un dispositivo de la palabra”.
Hay algo fundamental que tú nombras al hablar de tu proceso escribiendo tu primera novela Carmencita, que es el verbo “escuchar”. Escuchar el entorno para construir, por ejemplo, diálogos. ¿Qué tan determinante es tu oído a la hora de construir personajes y voces en tus historias?
“Es muy importante porque yo tomo mucha inspiración de la gente que conozco, muchos diálogos que escribo son cosas que escuché. Vengo de una familia súper expresiva y la forma que tienen de hilar las palabras me parecen súper interesantes. Cuando me preguntan mis referentes de la literatura siempre menciono a mi familia y la gente que conozco”.
La novela publicada por la editorial Trazos de Ave nos sumerge en el retrato íntimo de una familia que es despojada, mediante la narración, de su idealización como lugar seguro y feliz, acercando al lector en la creciente comprensión que la protagonista tiene de la violencia de un entorno que ignora las señales del abuso. Esta novela revela cómo tres hermanas comienzan a delinear su sexualidad y sus creencias y, por sobre todo, aquello que son capaces de hacer para defenderse a sí mismas.
En tus libros el cuerpo es un territorio central: herido, deseante, político. ¿Sientes que escribir es también una forma de volver a apropiarte de ese cuerpo?
“Totalmente, creo que incluso, además de apropiarse del cuerpo, es también poder hacer lo que uno quiera con él. Recuerdo que cuando era chica tenía conversaciones muy brutales con mis compañeras, donde te das cuenta de que tu cuerpo es distinto a las minas que ves en la tele y empiezas a decir: ‘me cortaría la guata y me sacaría todo’. Este deseo de modificarse son realidades que una vive: intervenir el propio cuerpo y hacerlo más cómodo. Pero ¿esa comodidad de dónde viene?, si el cuerpo como tal no es cómodo, sino que está en constante dolor, y es normal. ¿Por qué es tan incómodo hoy? Y luego ves la literatura, específicamente de mujeres, y ves mucha violencia hacia el cuerpo”.
A Cherié Quidel la mueve la incomodidad y es esta la que la impulsa a experimentar nuevas formas dentro de la propia literatura. Confesó que le gustaría trabajar terror, también escribir teatro y fundar una revista. Hoy la muerte es una temática que le gustaría abordar de forma profunda, dialogar con ella y atravesarla mediante la palabra; también quiere seguir redescubriendo los roles de las mujeres: “Ahora estoy escribiendo una novela que tiene que ver mucho con la madre, poder ahondar en los roles de la mujer es súper importante y, por más que esté trabajado, hay que seguir eternamente, porque siempre va a ser una problemática que hay que abordar”.
Para cerrar: después de todo lo que has escrito sobre memoria, violencia e identidad, ¿qué te gustaría que le pase a alguien que lea tus libros por primera vez?
“A mí me encantaría que me piratearan, me encantaría estar en una feria y que vendan mi libro a luca y que se lo pasen a cualquiera que lea. Sería bacán. La gente no lee, a veces porque no puede, a veces porque no tiene interés, porque también en el colegio hacen que la lectura sea terrible fome, y es verdad. Entonces, sería muy bacán que la persona a la que menos le interese leer me lea. Me encantaría”.
