Cuando pase el temblor


Wilfrido Rodríguez Orozco - 2026





Hay niños que aceptan los días dados

como se recibe un golpe

sin parpadear.


Se ocupan de ellos

caminan entre el vaho de la muerte

con el aliento retenido

caminan sobre el vidrio de la arena

sin temor al río de sal que surca

las cárcavas de sus frentes.


Duermen bajo la estela luminosa

de los misiles

en el borde incisivo de lo que hace daño

sobre la acera de un barrio peligroso

donde las nubes nacen negras

como espantos que se elevan.



Cortan las viejas amarras

la piel que tiembla

la voz que se quiebra.


Se abren caminos entre las ratas

la ponzoña de los escorpiones

y el velo de mosquitos

sobre la sopa química

espuma putrefacta que nubla

la vista al cielo.


Los cuerpos caen

uno sobre el otro

se amontonan

como estatuas de piedra.


Dejan atrás los gritos sepultados

bajo las escamas de la cordura

los ojos sangrantes de la despedida

la tristeza que perfora el alma

y se hace pueblo en el refugio.


Un refugio de latas vacías  

y un montón de cuerpos

                         aún calientes

inhalando la pólvora

atrincherada en sus carpas.



Un montón de cuerpos

                       aún calientes

transpirando

                       sin remedio

las convulsiones del mundo.



Hay niños que aceptan los días dados.

Todo resulta muy simple:

caminan descalzos sin importar

cuánta poesía muere alrededor.


Instalan en su memoria

la banda sonora de la guerra

y esa alucinación perpetua

duerme el dolor de los poetas

que calman la sed

con el caldo impotable del miedo.


Fundan sus recuerdos

uno sobre el otro

besando la brisa que revienta

sus labios grises.



Dejan atrás todo lo que duele:

las manchas de sangre

que lucen marrones

y los fragmentos de interior

que se alzan sobre la osamenta

dejando ver su pulpa roja

con el garbo de una rosa abierta.


Dejan atrás las nubes negras

todo lo que arde

todo lo que se desploma

los ojos apagados de la gente

las miradas lejanas que se asoman

con la misma indiferencia con que llega

la luz de una estrella que ha muerto.


Dejan atrás la lucha por torcer

el musculoso pescuezo del hambre

aprietan la boca

se internan en otros sueños

y pintan sus caras de ceniza.


Juegan bajo los escombros.

Son tan buenos para ocultarse

que algunos corazones se detienen

perdiendo el camino de regreso.


Hay niños que aceptan los días dados.

Se ocupan de ellos

marchan sin destino

a paso de gusano

convirtiendo su larvado rencor

en banquete para las moscas.


Descansan en los brazos del terror que acurruca

y se tragan el llanto que incuba

el parásito del odio

a riesgo de estar despiertos cuando pase el temblor.




Wilfrido Rodríguez Orozco (Colombia, 1978)


Ingeniero industrial. Magister en desarrollo empresarial. Ganador del concurso de poesía del Cesar (2022) con su poemario La Casa y el premio internacional Palíndromus de cuento (2021) con el texto La tienda, incluido en su libro Parvulario de heridas.

Autor de los poemarios El tren de las pasiones colectivas,  Metamorfosis de las sombras e Inquilinos viscerales

Actualmente se encuentra en proceso de edición con su novela Las fronteras de la ausencia, seleccionada en en el marco de la convocatoria editorial de la Universidad del Magdalena en Colombia.
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