El don de los miserables [fragmento]


Por Camilo Brodsky - 2026




i



¿Cuál es el don de los miserables, cuántas

veces recorrer La Paz rumbo al Cementerio? Es cierto

que algo debiera tener que ver con el lenguaje

este lenguaje, no ser

sólo el cúmulo de términos y conjugaciones arrumadas –o al menos

acercarse a la nomenklatura de la naturaleza, fingir

que la vida continúa entre la pátina gris de los edificios

que se hacinan en la tierra por bomba o negligencia;

pero no hay modo.



El desvelo amplifica el sonido

del golpe entre el vidrio y las cortinas.



La polilla, aturdida

no sabe que está acabada

desespera lánguida, como un amante triste

que no puede atar el aire de su amada junto a sí.



Deviene en polvo y sus alas

caen

desechas

rendidas ya, y en definitiva

muertas.



ii




Salir del espasmo como se es

expulsado de una pesadilla –¿no son

también lo mismo, la arcilla

de las vasijas mórbidas del sueño? Salir

del espasmo y el bombeo persistente

de la sangre por las calles; el estruendo

en la mente que atenaza el pecho, la piedra

sita en su centro, la ciudad –será quizás

que estoy muriendo, ya estoy muerto

en una casa derruida de Rafah, el aire polvoriento

lamentos y partículas en suspensión

expulsado ya de mi estructura de origen

como humanos desplazados

por el golpe y el impacto, el hambre de las bombas

mientras kilómetros más allá




–cientos, miles

¿a quién le importa ese detalle de mierda?–



en ese río y ese mar

se intenta salir del espasmo, el pasmo, salir

del espanto de la agonía como un continuo

de toda otra agonía sucediendo exactamente ahora

en el pecho, el plexo, el nido de la angustia

que carcome y aniquila como lenta sesión

de tortura en otra de las cárceles secretas construidas

en ciudades invadidas, subterráneos y cuevas

recónditas también en nuestros pechos, nuestros plexos

laberintos del espanto de ser uno el que quizás está muriendo

o está echado, ya vacío por dentro

sobre lo que ayer fue una escuela, por ejemplo

exangüe, yerto

como un saco o un obrero comunista, un palestino

en las fauces de Israel, un judío

en los campos de exterminio en Auschwitz, Dachau, Majdanek;


el bombardeo de muertos que persiste sobre nuestros plexos

nuestros pechos, nuestras

cárceles secretas y mentales, físicas y ardientes las capillas

hediendo a carne humana que se quema, gas Cyclon

esa baja imperceptible del voltaje en el sector

que circunda otro centro de tortura construido

al alero de las democracias, religiones

que prometen paz y dan guadaña y sólo

se quiere en realidad dejar atrás el espasmo,

el espanto

y este mundo hecho cenizas mientras llora

sin que acabe nunca, nunca -como la locura

la muerte de sus niños en ciudades polvorientas, en callejas

oscuras por el manto

de la guerra, el manto

de la Humanidad.





No necesitamos decir sus nombres. No.


No sirve acariciar la barbarie con el cariño del lenguaje o construir

castillos y manuales que permita la academia en sus aulas para explicar

el devastador desarrollo del Capital sobre las comunidades


los pueblos

las mujeres

las ciudades


las arenas blancas de cementerios que ayer fueron balnearios


los fragmentos de cráneo esparcidos por los desiertos que hoy son cementerios;


la lengua de la muerte es más locuaz

que la historia entera de la poesía occidental y en ocasiones

su precisión de masacre es digna de un misil o un dron. No.



No es preciso ni hay urgencia

en decir sus nombres si no pueden las palabras

hilvanar una oración, el canto fúnebre o el kádish

definitivo de las víctimas de la Humanidad y la propia

Humanidad en contrición dolorosa. No.


No es preciso ni se puede

decir todos sus nombres, las sílabas

de sus nombres, las letras

de sus nombres, sus canciones

los movimientos de sus labios infantiles hechos nada

aire en el aire de las últimas exhalaciones de sus vidas -y se exhala acá también

se intenta inhalar, no ahogarse en el hedor de la carnicería, no dejar

que te lleve la debilidad del espíritu, la flama del ego, el error

primigenio en la estructura de la propia angustia, el miedo

irredento miedo a todo y por encima

de cualquier consideración

el miedo desgarrador y justificado hacia uno mismo

el miedo pavor desatado en la quema de brujas

el miedo brutal de la marginación en guetos

el miedo sádico en las sesiones de tortura

el miedo pánico a los pueblos que espabilan de la siesta eterna

el miedo abrasador del bombardeo que aniquila ciudades


y hombres

y mujeres

y niños


niños

niños

niños.



iii



¿Y cuál

es el don de los miserables, el quid

del torcido asunto de la vida?


Dice

un poeta cualquiera No advierten

que en los tiempos polvorientos/ que están

por llegar, extendido

el funesto desperdicio

de la historia, serán

vistos en la cumbre

de esa misma colina: cuando

toda su compañía

se haya perdido irremediablemente
[…].


Busco

una cobija, busco

con qué taparme


y quisiera dormir ahora.


Revista Larus
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