Ser hija en una novela delirante

Futrono, de Cecilia Alfaro



Por Sofía Troncoso - 2026






“Cuando llego del trabajo los miro desde la ventana del baño y escucho el sonido de sus voces, pero no alcanzo a distinguir las palabras. Luego se apaga la luz, se van a sus dormitorios. Sus vidas siguen, conmigo invisible”.




Ser mujer, ser hermana, ser hija, mientras está endeudada hasta la coronilla con cinco bancos, esa es la vida de la protagonista de la primera novela de Cecilia Alfaro Gómez. En esta, ella vuelve donde sus padres, quienes la instalan en “Futrono”, una bodega ubicada al fondo del patio. En otras palabras, tiene prohibido ingresar a la casa: “yo era la presa ideal, después de todo”.  

Esta es una novela que no se disculpa por ser desprolija. Alfaro logra en unas pocas páginas, pese a que podrían ser más, contar la historia de Paulina en capítulos que titula como las cuotas que debe. “Cuota 60”, “Cuota 59”, “Cuota 58”, y sigue. En ellas hay un popurrí de información: las deudas, la vida amorosa, la familia agresiva, los sueños delirantes y los detalles más íntimos de la protagonista. La escritora —también ingeniera civil— se atreve a contar lo que está en las esquinas más recónditas de la mente de la narradora. En primera persona, se logra este objetivo.

Comenzando por lo enumerado, las deudas son el marco de esta novela—pero no el centro gravitacional—. Me refiero a que pese a su importancia, la historia narrada en varias capas distintas muestra otros elementos que considero son más relevantes. Sin embargo, gracias a ellas se desarrolla lo que la narradora despliega de su experiencia en la bodega de sus padres.


“En mi realidad actual prefiero seguir el camino lento y tedioso. Pagar de a poco. Pagar cada cuota, mes a mes, y trabajar para pagar deudas. La esclavitud moderna que le llaman”. 


Debe muchos, pero muchos millones, y cualquiera se puede preguntar: ¿cómo lo hizo? ¿cómo lo hace para pagar las cuotas? La primera respuesta es incluso una interrogante en la vida de la protagonista. La segunda respuesta, alcohol, clonazepam, y una resistencia innegable a las malísimas condiciones de vida en Futrono. Su vida amorosa no es muy distante a estas características: menciona varias parejas, ella en estado de hipomanía (¿es la protagonista bipolar?), y ellos en una sintonía similar, caótica, pero consumiendo cocaína, bebiendo. Pese a esto, firmemente creo que su personaje es una persona buena, con buenas o no tan buenas decisiones. Esto queda al juicio de los demás. Y, de cierta forma, también al de sus parejas. Hombres inestables con una intimidad conflictiva, excepto por el mejor amigo de la protagonista, brevemente mencionado, un halo de luz en la experiencia masculina de ella.


Su familia es otro tema. Irrefutablemente abusiva, su padre y su madre son tiranos, pero siguen siendo sus padres. Esto me hace querer hablar de la experiencia de la protagonista de ser hija. Más allá de ser mujer, ser hermana, o ser pareja, ella es primero una hija, con todo lo que conlleva.



El volver a la casa de sus padres es una derrota.
Es reconocerse vulnerable. Es volver a la niñez, adolescencia, y los desafíos que significaron, además de los recuerdos que propiciaron.
Creo que este es el punto más importante de la novela, su centro gravitacional, el eje en que gira todo.




Y quizá es difícil de pensar en una novela que inherentemente habla sobre esta esclavitud moderna, pero ¿no es acaso la protagonista una hija esclava de sus padres en estas condiciones? Aislada, la escena que más me marca es cuando los padres de ella sospechan que tiene VIH. No dejan incluso que tome del mismo vaso que su hermana. Ser hija es la capa más potente que puede desarrollar Alfaro. Y, la familia, el más crudo relato que seguramente interpela a muchos hijos e hijas de padres agresivos, también. Nos gustaría, como lectores, que la protagonista tuviera mejores padres, pero esta es la vida que le tocó, al parecer. Una en que aprende a porrazos, literalmente.


Los sueños como escape


Hay cierto escapismo en la novela, y no solo por los ansiolíticos u otras formas en que está entretejido el dolor y la búsqueda de una mente apaciguada de la protagonista. Está en espacios cerrados la mayoría del tiempo, y esto sin duda es un punto importante para analizar la novela. En este espacio de encierro, casi de claustro, surgen los sueños más desbordantes al dormir. ¿Son una ventana a la psiquis de la protagonista? Es difícil saber, pero se puede intuir que posiblemente son una forma de huir de su condición de vida en ese momento.

Estos sueños son un recurso importante para desarrollar el ahogo, el deseo de algo más que no se sabe exactamente qué es. En la “Cuota 25” dice “Honestamente, no estoy segura de tener ganas de salir de mi radio de acción”. Llego a pensar que este encierro se filtra en su mente como la única posibilidad en lo poco que experimenta de vida. Su psicólogo le pide que se piense fuera de esto. Apenas lo logra. Pero puede soñar: con hámsteres, con ella bailando Thriller, con un sinfín de delirios. El encierro es un lugar propicio para que surjan estos desvaríos.



Esta novela es delirante, y eso es algo grande que rescatar, pues se vuelve delirante precisamente por este contraste (o reflejo) con su cruda realidad. Difícil es diferenciar una de otra. Incluso cuando lo onírico se derrama, las vivencias de la protagonista parecen igual de surreales.




La novela no puede estar completa sin detalles íntimos de la vida de la protagonista. Alfaro es directa en ellos: no oculta el consumo de substancias, ni los amoríos destructivos, incluso usa las redes sociales como contrapunto para ejemplificar lo “poco que se necesita para mentirle al resto” subiendo una historia con una “realidad actual envidiable”, recurso que me gustó muchísimo por la destreza que veo en hablar de tecnología y redes sociales de forma no forzada, más bien como una parte clave de las claves para entender al personaje. De la misma manera, la escritora logra un manejo destacable para hablar con garabatos en el texto, que me impresionó precisamente porque es difícil hacerlo sin que suene fuera de lugar. ¿Y aquí? Encajan naturalmente.

Una mujer entrañable, de actitudes cuestionables, un pasado que acosa a su presente en tantas maneras que uno no puede llegar a listar fácilmente. La salud mental, la familia, el dolor, cada una es una gota más que rebalsa este vaso ya derramado. Un gran debut para Cecilia Alfaro Gómez, no por nada fue la ganadora del Premio Municipal de Literatura 2023, en categoría novela inédita. Vale la pena leerla, apreciar su caos, desear lo mejor y ver lo peor.









  Sobre la autora de esta reseña


Sofía Troncoso (Santiago, 1997)


Escritora. Creció en la ciudad de Antofagasta. Licenciada en Artes y Humanidades en la Pontificia Universidad Católica de Chile y Máster de Escritura Creativa por la Universidad Adolfo Ibáñez. En 2022 fue reconocida con el premio Roberto Bolaño por su novela Funerales (2023) publicada por Trazos de Aves. En 2025 fue finalista de la segunda edición del concurso de crónicas inéditas en español Nuevas Plumas Chile con su crónica Ver el barco partir.
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