Soy un rosal / pero preferiría ser chagual


Por Ashle Ozuljevic - 2026





“Soy vertical. / Pero preferiría ser horizontal./ No soy un árbol con mis raíces en la tierra/ succionando minerales y amor maternal”, escribió Sylvia Plath antes de suicidarse en el invierno londinense de 1963. Yacer mirando el techo/el cielo, tendida, decúbito prono, escuchando las vibraciones; extendida en su lateralidad, jugando con la hierba húmeda de algún parque construido por mano humana, en su Boston natal. ¿Qué tiene en común con las autoras que me convocan? El útero, el siglo, el oficio de la escritura.



Plath (1932) nació 6 años antes que Stella Díaz Varín (1926), y murió 6 después que Gabriela Mistral (1957). Atravesaron, junto a otras escritoras, los obstáculos de una época que, como todas, no fue amable con las mujeres que se atrevían a no quedarse en los roles impuestos.




Las tres persistieron en la escritura, sin embargo, llevando a cuestas vidas paralelas, con responsabilidades familiares, maternales, laborales, políticas; con condiciones psicoemocionales inestables, puntiagudas, cargadas en soledad. También tienen en común el estar, hoy, bajo tierra. Plath puso fin a su vida; como Alfonsina Storni, poeta argentina; entre el nacimiento de la primera y la muerte de la segunda (1892-1938) hay, también, una diferencia de 6 años. “Piedras enormes, rojo sol y el polvo / alzado en nubes sobre tierra seca (…)”, escribió Alfonsina en un poema, “debe existir una ciudad de musgo / cuyo cielo de grises, al tramonto (…)” cantó en otro. Me la imagino también con ganas de ser horizontal…



¿Y Gabriela?¿Y Stella? No las sueño en posición ventral, sino, a lo sumo, decúbito supino, mirando el cielo con ojos grandes. Aunque, para ser sincera, las veo erguidas, móviles e inquietas, también, pero sobre todo, erguidas. ¿Qué tienen en común ambas? Ser escritoras de la IV región, por supuesto, pero, ¿qué significa?, ¿qué es una región?





Principalmente una división administrativa, pero quiero irme a lo esencial, a la naturaleza. Naturaleza que en esta tierra es agreste, punzante, acostumbrada a la sequía, al sol abrasador, a la lucha por subsistir. La llareta y la chachacoma en la alta cordillera, el churque y el algarrobo en los valles, el lucumillo y el guayacán en la costa: todos de anatomía dura, tiesa, resiliente, resistente. De cara a la camanchaca cuando hay suerte, haciéndole frente al viento empolvado y al sol inagotable, casi siempre. Y solitarios. Y solitarios en medio de los espacios abiertos que se han desarrollado durante siglos por estos lados.



Fotografía: Stella Díaz Varín, Biblioteca Nacional. 



En esa inmensidad, la tenacidad no es un privilegio ni una opción, sino una obligación. Ser testaruda, insistir, rebelarse, reclamar, levantar la voz. Veo sobre todo estas características en las escritoras en las que pienso cuando pienso en la región de Coquimbo. No es éste un texto comparativo con otras regiones, no me he puesto a pensar en las escrituras del extremo norte, del centro y del sur. Repito: pienso en la escritura de esta región que me ha adoptado / y veo chaguales.

“Creo no haber hecho jamás un verso en cuarto cerrado ni en cuarto cuya ventana diese un horrible muro de casa; siempre me afirmo en un pedazo de cielo, que Chile me dio azul y Europa me da borroneado. Mejor se ponen mis humores si afirmo mis ojos viejos en una masa de árboles”, respondió Mistral en 1938 ante la pregunta “Cómo escribo”. Sabemos que para la poeta del Elqui naturaleza, escritura, vida y pensamiento eran una misma madeja; sabemos que desde que dejó ese espacio llevó consigo una bolsita con tierra de esos pagos, acto poético-mágico de permanencia a pesar de sus desplazamientos.



Fotografía: Gabriela Mistral, Memoria Chilena.



Sin embargo, no sólo tematizando la naturaleza se habla de ella, “Que te ciegue la luz, hijo / Ven de la luz; / desde donde la pupila sueña / y vuelve atormentada, / como un escombro vivo, / como especie de flor, como pájaro. / Carbón de víscera terrestre, / así como víscera de árbol.”: así comienza uno de los poemas más conocidos de Stella Díaz Varín, y, perdónenme los lentes que llevo puestos, pero yo sigo escuchando la tierra dura de La Serena en esos versos, sigo sintiendo esa luz reverberante bajo un cielo resolanoso, donde crecen flores escasas, sin nombre, como en este poema. Digo no sólo tematizando la naturaleza se habla de ella pero quiero decir no sólo así la naturaleza habla por nosotras. 



Retomo la resistencia, la porfía. Si Mistral fue defensora de la tierra, de las mujeres, de los niños y de la identidad americana; Díaz Varín lo fue de los espacios que la cultura no quería aceptar: la escritura mujeril, bohemia, rupturista, política. Digo disidencia y se abre un suspiro del mar.




Permítaseme, entonces, sumar un tercer nombre, el de Susana Moya, nacida en 1957, 6 años de que muriera Plath. Susana Moya, poeta coquimbana de “la Generación del Pasamontañas o Dispersa”, interesada en escribir y dejar su obra entre “el pueblo pobre del que pertenezco”, como ella decía, y defensora de éste mismo, siguiendo la línea de sus predecesoras. Su profundo compromiso político, contra-institucional, reivindicaba la poesía como contrapoder, un espacio que ganar, que arrebatar, para devolverlo a las calles, de éste y otros puertos, a éstas y otras bocas. Su espíritu también lo veo enredando en un alcaparro bien turgente y florecido mientras la leo:


Que de algo sirva la Poesía
y conjure este cielo atravesándolo de estrellas
fugaces
y no de bombas de racimo
Que de algo sirva la poesía
y conjure a los/as niños/as sonriendo
asombrados/as
y no mutilados/as en noticias de Ciber-Espacio
Que de algo sirva la Poesía
y retorne la inocencia al genoma humano
(y comprendamos
que no somos hijos/as de dioses ni de diosas
ni de putas con borrachos
que no somos cuerpos
estilizados/blanqueados/clonados/plásticos)
Somos punta de flecha/mazorca/quinua/vasija de barro





Podría quedar este espíritu y su fortaleza suspendida en estas tres bocas, pero lo lindo de la resistencia es que aunque una se alce sola, sola-sola nunca se está, pues se resiste en conjunto, a través de redes ocultas pero existentes, como las raíces gemíferas del chañar, que forman un entramado subterráneo interconectado, que le permite estabilizar los suelos, combatir la desertificación y generar nuevos árboles asociados a otras especies.

Eso es también lo lindo del matriarcado, el legado del poder, su democratización, su herencia tierna, así sea de la lucha, así sea de la firmeza. El oficio preocupado de otras mujeres ha crecido de las raíces de estas pioneras, escrituras que denuncian, defienden, y se tensan, erguidas, levantando la cabeza / los copaos, las azucenas:

Marcela Reyes que no abandona las metáforas lepidópteras y florales aunque esté cantándole a la muerte o al compromiso político que, nos enseñaron, era duro e incisivo; Leonor Olmos, y su escritura centrada en el lenguaje como organismo vivo que se enrolla y retuerce en su oficio reflexivo, concentrado, de suelos apretados; Natalia Figueroa, que deambula los continentes, y que desenvuelve, entre otras, una poética de la incomodidad, del cuerpo y del género que lo acompaña; María José Rivera, poeta feminista, con toda la defensa que eso conlleva; Guisela Parra, nacida en Concepción pero asentada en La Serena, cuyos relatos hablan de la violencia de género en dictadura y en dictablanda, en la calle y en el dormitorio; Pia Ahumada, que resiste y se levanta por partida doble, como autora y como editora; Maritza Gaioli, nacida en Valparaíso pero afincada en La Herradura, sus últimas dos novelas hablan de la participación política de mujeres en la historia chilena; se me quedan muchísimas en el tintero, demasiadas. Son muchas las colegas como demasiadas las luchas y las defensas que levantan. Son muchos los frentes pero también así los libros que se han escrito desde esta vereda, la mujeril, y más, lo sé, los que se escribirán.

La resistencia urge en un ecosistema endurecido, lastimado, ensequecido, como es el de la IV región. Ante el avance de esa herida, no queda más que endurecerse, como el bosque esclerófilo que nos rodea, endurecerse pero florecer de compañerismo, de ternura. Florecer enrojecida, como añañuca, complicado como astromelia, histriónica, como guayacán, frágil, como espino. Cada palabra será la savia de la que nuevas generaciones de escritoras sabrán beber, de las que nuevas generaciones de escritoras sabrán erguirse, en vertical o extenderse y comunicarse en horizontal, la escritura, como la naturaleza, no tiene respuesta errada ni movimiento equívoco, mientras busque persistir.




Bibliografía



  • Díaz Varín, Stella (1922) Obra reunida. Editorial Cuarto Propio, Santiago de Chile.

  • Mistral, Gabriela (2025) Antología ciudadada. Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Chile.

  • Moya, Susana (2021) Wallmapu. Edición propia, Chillán.


Revista Larus
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